¿Quién teme a la voz de Julia?

Artículo publicado en el diario El País el 13 de agosto de 1999
Texto: Enrique Gil Calvo

Muy inseguros tienen que estar en La Moncloa sobre su futura chance electoral para decidirse a confiscar por sorpresa, contra toda lógica empresarial, el programa vespertino de mayor prestigio y audiencia, La radio de Julia, agostando su continuidad de cuajo. Y lo hacen emboscados además en una maraña de circunstancias agravantes (desde utilizar como tapadera un antiguo monopolio hasta incurrir en la ya célebre agostidad denunciada por su víctima) que hacen todavía más difícil de excusar tan injusta indignidad. Este ucase no sólo busca acallar una de las voces más respetadas de nuestra radio, sino que además ofende y humilla a sus plurales colaboradores (entre los que me honraba en contarme), perjudica gravemente el inmediato futuro profesional de su equipo de confianza y, lo que cívicamente resulta peor todavía, lesiona los derechos de los oyentes que cada tarde optaban por sintonizar La radio de Julia, creyéndola más suya que nuestra. Pues bien, estos oyentes se equivocaban: al parecer, La radio de Julia no era de ellos, ni de Julia, mucho menos, sino del poder que la confiscó creyendo así enmudecerla.

El desmán se inscribe así en una larga tradición censora, cuyo más triste ejemplo pretérito fue la voladura del Madrid, víctima de la Ley de Prensa de Fraga Iribarne. Pero, claro, los actuales epígonos posfranquistas no podían actuar manu militari, así que jugaron al estilo Gil y Gil, firmando talones privatizados para que presten el mismo papel que antaño surtían los fulminantes decretos-ley. Todo ello confiando en que nuestro agostado clima político, que tolera con divertida indulgencia las más cínicas extorsiones, hiciese oídos sordos saboreando sin rechistar tan burdo atropello. Después de todo, y vistos los precedentes de esta gente, ¿qué otra cosa se podía esperar de ellos?

La metodología del régimen de Aznar ha sido siempre la misma, pudiéndose denominar como enfeudamiento furtivo. Para no dar la cara defendiendo su auténtica estrategia (pues su mezquina rapacidad la hace difícilmente presentable en sociedad), adopta una táctica dúplice o farisaica, que en público se finge de una formalidad escrupulosa (a veces vestida según la moda del centrismo reformista), mientras bajo cuerda actúa por persona interpuesta: ya sea ésta una persona física, como lo son los fiscales indomables que se confabulan con la defensa de Pinochet, o ya sea jurídica, como tantas empresas públicas ahora desamortizadas, que parecen perseguir sus propios intereses privados, pero que en realidad actúan como vasallas del poder político a mayor gloria de su señor Aznar.

Y a este enfeudamiento de unas instituciones que debieran ser independientes lo llamo furtivo no sólo porque nunca es reconocido como tal, sino, sobre todo, porque se utiliza como un protector escudo de camuflaje a fin de sortear la democrática accountability sin tener que rendir cuentas ante la opinión pública, el Parlamento o el Poder Judicial. Así es como Aznar dispone de una especie de clandestina caja B o de para-poder en la sombra, que le permite financiar a los condottieri que hacen el trabajo sucio en los servicios paralelos de La Moncloa. Lo cual no sólo huele a corrupción (por cuanto implica confundir lo público con lo privado, según sucedía también en el feudalismo), sino que es de un antiliberalismo que espanta.

En el caso que nos ocupa, el avasallamiento de Onda Cero (hecho, como casi siempre, por la misma compañía feudataria que libró la guerra digital en beneficio de Aznar) se ha producido buscando hacer con impunidad un descarado tongo electoral. Como era una cadena políticamente no alineada, la escuchaban los votantes indecisos, independientes o no comprometidos, que quizá no habían elegido aún por quién votar: de ahí que su audiencia interesase particularmente a la voracidad de los estrategas de La Moncloa, que, controlando Onda Cero, esperan inclinar a su favor a muchos de esos votantes indecisos.

Pero además, como La radio de Julia era un programa de verdad independiente y pluralista, en Génova se le tenía más prevención que a otros, pues su carácter imparcial y no partidario le dotaba de mayor credibilidad. De ahí que, por miedo a su capacidad de formar opinión, se haya optado por hacer callar la voz de Julia (tachándola de intelectual y elitista, pese a su liderazgo de audiencia), lo que revela su temor a que sólo acepten votarles los oyentes más crédulos, acríticos y desinformados. Pues, como les sucedió a nuestros primeros padres con el árbol del bien y del mal, probar los frutos de La radio de Julia llevaba a los oyentes a perder su inocencia, adquiriendo el poder de conocer y pensar por sí mismos: lo que puede significar negarse a votar a Aznar.

Lo peor es que, cuando se avasalla a las voces libres, se distorsiona el proceso de formación de la opinión pública, que es la institución central de la democracia liberal: lo que queda es un mero mosaico enfrentado de opiniones serviles, vasallas y domesticadas, que sólo sirven para decir amén a la voz de sus amos. Y así no hay libertad de expresión ni primacía de la sociedad civil, sino sólo sumisión de súbditos ante el temor que inspiran los poderosos con capacidad de avasallar, que buscan eliminar todo lo que no pueden comprar. Pero esto no sólo implica la perversión del civismo, sino que además desnaturaliza también la ética del trabajo periodístico, corrompiendo o violando los derechos profesionales de quienes han adoptado este oficio.

En este sentido, resulta muy posible que la brutal defenestración de Julia Otero sea un aviso a navegantes, pues parece fácil y barato cargarse a una mujer indefensa (en tanto que libre e independiente) para dar ejemplo con ella sin tener que tocar a otros profesionales masculinos más relacionados y, por lo tanto, mejor defendidos. Bien, pues si es así, no saben con quién se han topado, pues Julia Otero, por libre y por independiente, es mucho más fuerte que todos los serviles vasallos que creen haberla agostado. Y o mucho me equivoco o el tiempo demostrará su abultado error de cálculo.

Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.


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