Editorial del 28 de junio de 2022

La corriente reaccionaria nacida hace ya años culminó el viernes cuando se hizo público que el Tribunal Supremo americano, con la incorporación de los últimos jueces ya en el tiempo de descuento de Donald Trump, derogaba el derecho a las mujeres a ser madres voluntariamente. La sentencia que acabó con el aborto libre, precisamente en el país que hace 50 años ejerció liderazgo mundial en promover los derechos civiles, es un aviso que no puede desoír el resto del mundo.

Las mujeres de clase social alta ni tuvieron ni tendrán ningún problema nunca en interrumpir un embarazo no deseado. Viajarán a donde sea legal y tema resuelto. Son las más vulnerables, las empobrecidas, las que viven en los márgenes sociales, a las que obligarán a volver a los abortos clandestinos sin ninguna garantía sanitaria. O eso, o traer un hijo al mundo cuya vida, ya fuera del vientre de su madre importa un pimiento a los que se llenan la boca con su defensa de la vida.

Tiempos oscuros que pueden contagiarse, como un virus letal que siempre tiene en el punto de mira a las mujeres. Siempre las mujeres y su libertad, como nos advirtió hace ya 60 años, nada menos que Simone de Beauvoir.

 


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