El Progreso, 15 de septiembre de 2025

Por Rodrigo Cota

Julia Otero, presentadora de 'Julia en la onda', tras recuperarse de un cáncer. AEPJulia Otero, presentadora de 'Julia en la onda', tras recuperarse de un cáncer. AEP

Hay lugares donde la gente nace con la sospecha permanente de que el clima está gastando una broma. Galiza es uno de ellos. Aquí llueve, truena, vuelve a salir el sol, y en cuestión de cinco minutos ya tienes arcoíris doble y humedad suficiente para envasar percebes. En medio de ese vaivén meteorológico vino al mundo, en Monforte de Lemos, Julia Otero. Una niña que, sin saberlo, estaba destinada a dominar el aire. Literalmente: el aire de las ondas.

Porque Galiza, ya se sabe, fabrica emigrantes como si fueran grelos. Y Julia acabó recalando en Barcelona. Allí cambió la niebla del Sil por la contaminación de la Diagonal y en vez de andar buscando oro en California buscó micrófonos en emisoras locales.

Y encontró. Y vaya si encontró. Pronto se coló en Radio Juventud y después en Radio Miramar, y ya no hubo forma de sacarla del aire: una vez que una gallega agarra un micro, que se aparte todo el mundo.

Los ochenta, época de hombreras imposibles y cardados que podían atrapar señales de televisión, la pillaron presentando '3×4' en TVE. Allí se la conoció como "esa mujer elegante que hace concursos pero parece que está dirigiendo una cátedra". Fue un primer salto a la fama televisiva, y desde entonces, cada vez que aparecía en pantalla, daba la sensación de que sabía algo que usted y yo no no. Probablemente porque era cierto.

Pero donde de verdad desplegó su superpoder fue en la radio. Con La Radio de Julia se convirtió en referencia nacional, creando un magazine donde cabía absolutamente todo: política, sociedad, cultura, recetas de empanada si hacía falta. Y todo con esa manera de hablar tan suya: pausada, precisa, como quien te explica cómo hacer una queimada sin que explote el salón. Luego vino Julia en la Onda y ahí ya no hubo marcha atrás. Décadas después sigue al pie del cañón, micrófono en mano, demostrando que la radio no está para gritar más alto, sino para preguntar mejor.

La clave de Julia está en la retranca, ese don gallego que consiste en preguntarte algo de manera tan educada que no te das cuenta de que te acaban de poner contra la pared. Políticos, economistas, artistas… todos han pasado por su estudio. Muchos entraron confiados, pensando: "Bah, esto es pan comido", y salieron con la sensación de que les habían sacado confesiones que no le contarían ni al cura del pueblo. Y todo sin levantar la voz. Porque si algo sabe un gallego es que el silencio, bien colocado, pesa más que cualquier grito.

Claro que la vida, como la lluvia gallega, a veces se pone pesada. En 2021, Otero anunció que tenía cáncer. Y lo hizo con la misma naturalidad con la que otros cuentan que han cambiado de tarifa telefónica. Sin dramatismos innecesarios, sin épica de manual barato. Simplemente contó la verdad: estaba enferma, iba a luchar, y lo compartiría con la serenidad que siempre la ha caracterizado. Lo que vino después fue un ejemplo de entereza: tratamientos, pausas forzadas, la incertidumbre de todo enfermo grave que salvo Julia Otero se lanzaba a la muerte.

En Galicia, cuando alguien regresa tras un mal tiempo, decimos que escampó. Superó la enfermedad y lo hizo sin renunciar nunca a su voz ni a su ironía. No se vistió de heroína ni se puso capa: se enfrentó al cáncer como se enfrenta una gallega a la previsión meteorológica. Sabes que va a llover, sabes que será duro, pero coges el paraguas y tiras para adelante.

Su carrera es también un mapa de la España mediática. Ha estado en televisión, en prensa, en la radio. Ha ganado premios a puñados, entre ellos cuatro Ondas, ese galardón que parece hecho a medida para gente que sabe hacer radio de verdad, y sobre todo, se ha ganado algo que ningún jurado concede: el respeto de la audiencia.

Lo curioso es que, pese a tanto éxito, nunca dejó de ser gallega. Y no solo por origen, sino por carácter. Porque gallego es responder con otra pregunta, mirar al horizonte con calma mientras los demás corren, y mantener la ironía incluso en las situaciones más serias. Julia conserva todo eso. Es capaz de entrevistar a un ministro y sin pestañear, lanzar la pregunta incómoda con un deje de sonrisa que parece decir: pregunto de buen rollo.

Si su trayectoria se resumiera en una frase sería esta: de Monforte de Lemos al prime time nacional, con retranca, con elegancia, con fuerza y con un paraguas en el bolso por si acaso, ha convertido la radio en compañía íntima, en conversación de sobremesa, en un lugar donde Galiza se cuela, aunque no lo diga explícitamente, en cada silencio y en cada pausa.

En enero de 2023, Manuel Jabois entrevistó a Julia Otero y de galega a galego Julia le dio un titular a Jabois: «Llegó a darme igual estar viva o muerta». Era una descripción de sus múltiples peleas contra el cáncer. El cáncer, me dijo una vez un amigo que lo padeció, nunca pierde. Si acaso empata, pues quien lo padece y lo supera nunca vuelve a ser la misma persona. Pues Julia Otero ha empatado y ahí sigue, lista para vivir y revivir, y bendita sea.