Editorial del 12 de septiembre de 2026

Pues nada, acaba la primera semana escolar con los datos del Informe PISA sobre la mesa y lo primero que deberíamos hacer -como sugirió Manuel Azaña- es permanecer todos en silencio y aprovechar para reflexionar. Es el peor resultado de nuestros estudiantes y escolares desde el año 2000, que es cuando la OCDE empezó estas evaluaciones internacionales. El peor, insisto. Malos resultados en matemáticas, en lengua y en ciencias.

La crisis financiera del 2008 trajo el austericidio, metieron sobre todo las tijeras en la escuela, la universidad y la sanidad. ¡Total, solo era la educación y la salud! ¿Qué podía salir mal? Pues ahí está la respuesta. Los profesores y maestros llevan mucho tiempo advirtiendo de esta catástrofe.

En todo caso antes de poner el foco en los colegios, pongámoslo en la clase dirigente. ¿No les gustaría que la evaluación se hiciera -con las mismas preguntas, eh- a todo el Congreso de los Diputados? ¿A ministros, presidentes, alcaldes…? Y sí, también a periodistas. Igual descubriríamos que nuestros hijos no son peores que nosotros, sino nuestro espejo.

Y ahora un salto para ir a Alemania. En Sajonia, como contamos aquí hace justo una semana, ha ocurrido lo que se temía. Ha ganado la extrema derecha, unos tipos que minimizan el holocausto, que quieren hacer escuelas segregadas para pobres, que son admiradores de Putin y Trump y sueñan con destruir Europa.

¿Qué tiene que ver el informe Pisa con el avance de posiciones políticas que hasta hace dos décadas parecían cosa de tiempos infames del siglo XX?

Hay una línea de puntos entre el nivel educativo de un país y quienes escoge ese país o esa comunidad para representarle. Baja la comprensión lectora, gana la extrema derecha.