Editorial del 23 de mayo de 2026

Es una semana aciaga para la gente de izquierdas. Tenemos al primer expresidente de la democracia imputado y es mucho más que un socialista. Es, o fue, un líder con enorme conexión emocional con la gente progresista, incluso más allá de las siglas de su partido.

Para esa -pongamos- mitad de España, los logros en materia de derechos civiles, el fin del terrorismo, todo su legado, eran razones poderosas para la estima a Zapatero, más allá del partido al que votasen. Por eso dijo Rufián que estaba "jodido", aunque jamás votó a ZP, y por eso añadió que el proceso penal que se ha abierto era "una mierda" si era verdad, y "una mierda mayor" si era todo falso.

En el mejor de los casos --incluso una absolución--, de las portadas y los titulares de estos días ya no se vuelve. Igual que no se vuelve a la normalidad en una relación sentimental donde uno traicionó el pacto de lealtad.

Presumir la culpabilidad lo dejamos para los que desean el infierno para cualquier progresista, esos que no ven nunca nada malo en las puertas giratorias que han usado otros expresidentes que, como diría Shakira, nunca lloran, sólo facturan.

El proceso penal dirá qué, cuánto y cómo sucedió un delito, dos o los tres que el juez Calama atribuye a José Luis Rodríguez Zapatero. O ninguno.

A los boomers nos marcó la muerte despiadada que vimos de niños en Bambi. Podemos estar ante la segunda muerte de Bambi.