La mala educación

Artículo publicado en la sección 'Al contrataque' de la edición del día 7 de junio de 2013

Un puñado de los más brillantes universitarios españoles, esos que demuestran en su currículo la excelencia de la que tanto hablan personas poco excelentes en su gestión, se han negado a dar la mano esta semana al ministro del ramo, José Ignacio Wert. Algunos de ellos, incluso, acompañaron el desaire del gesto con la indumentaria: llevaban la camiseta verde que les identifica con una marea muy activa a favor de la educación pública. Fue otro tipo de escrache al que, de momento, nadie ha puesto aún el calificativo de nazi. Seguramente les ha descolocado que sean chicos tan listos, adornados por sobresalientes y matrículas de honor. ¿De qué se quejan jóvenes aplicados que han terminado ya sus estudios? ¿A qué viene su mala educación? Aunque algunos tienen dificultades para entender los principios ajenos, intentémoslo una vez más: miles de españoles hemos conseguido formarnos y licenciarnos en la educación pública. No lo teníamos fácil por cuna pero tuvimos la oportunidad. ¿La tienen ahora los hijos de la moribunda clase media empobrecida?

En algunas universidades se ha expulsado ya del sistema a miles de alumnos, no por falta de aplicación sino por falta de pago. Alegan que ha sido un fallo informático y que lo analizarán caso a caso. Mentira. El fallo no es de un ordenador, es de una concepción social a la que no importa dejar en los arcenes a los hijos de quien no puede pagar un incremento del 66%.

En Catalunya también son 3.000 los alumnos morosos de los siete campus públicos a los que se ha otorgado una moratoria hasta fin de curso. ¿Y si dentro de un mes siguen sin poder hacer frente al coste de sus matrículas? ¿Tienen algún programa de becas serio que salve a los buenos estudiantes? ¿Algún plan B?

Quizá con la aplicación de la ley Wert no será necesario aguardar a la universidad para deshacerse de un ingente número de chic@s. A los 12 o 13 años, en plena adolescencia, podrán ser derivados a una vía de difícil retorno por más que las hormonas vuelvan a su cauce algún año después.

El Govern y la LOMCE

Por cierto, no he oído a la consellera Rigau ni a ningún miembro del Govern poner el acento crítico en nada que no sea identitario. «Nuestros niños no sabrán el nombre de los ríos y las comarcas y no conocerán a Salvador Espriu», dijo Rigau, lo cual es al menos tan grave como que los niños de las familias excluidas -que también son nuestros, ¿verdad?- no tengan ninguna posibilidad de cambiar la baraja marcada de origen, con la que ya sabemos cómo acaba la partida. La LOMCE atenta contra el autogobierno y contra otras cosas de las que CiU no se queja tal vez porque las comparte. Por ejemplo, la religión como materia evaluable o incluso el torcimiento de la ley para poder seguir subvencionando a escuelas que segregan por sexo.

Cuando el eje divide según las patrias, el Govern se resiste con decisión. Cuando el eje es ideológico, la protesta languidece. ¿Y la izquierda? Asiste al match con melancolía, intentando transmitir un mensaje diferenciado que no llega.


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