Julia Otero no quiere ir al cielo

Larioja.com, 22 de enero de 2006

JUSTO GARCÍA TURZA

¿VAYA por Dios con lo que nos sale ahora esta señora! Posiblemente la presentadora más maja de la televisión, con más 'carisma', de las pocas juiciosas que quedan, va y nos dice en El Semanal que «no tiene el más mínimo interés en ir al cielo». ¿A dónde quieres ir entonces, Julia? Aquí no te vas a quedar para los restos, por más que hayas luchado por vencer situaciones muy difíciles en lo que hace a tu salud, cosa que a mí personalmente me ha conmovido por lo que de fortaleza supone de tu parte.

Pero, claro, un día -espero y deseo sea muy lejano, pues nos haces mucho bien con tu sonrisa- habrás de dejar este mundo cruel e ir a algún otro sitio. Y, la verdad, no tienes un abanico muy amplio de posibilidades. Si descartas el cielo -¿cómo has podido decir eso, dejando intrigadas a tus miles de fans?-, no creo que se te pase por la cabeza la posibilidad del infierno. Muchos creen que no existe, no porque tengan pruebas -y de paso te recuerdo y les recuerdo que pocos asuntos hay en el Evangelio tan repetidos y documentados-, sino porque hoy es políticamente incorrecto hablar de ello. Yo creo que, aunque el infierno existe de verdad, no has de ir a él pues, dada tu bondad, Dios tendrá misericordia de ti y se te cerrarán las puertas de un sitio semejante, que será terrible sobre todo porque allí no hay ninguna forma de amor, ni de amor a Dios ni de amor a los demás.

Arramblado el infierno, ¿qué te queda, Julia? El limbo parece que lo han quitado, con gran regocijo y 'cachondeíllo' de todos los crédulos de lo absurdo e inverosímil, que no aceptan lo sobrenatural -lo que está por encima de lo natural- pero que se creen a pies juntillas el futuro que les depara su signo del Zodiaco o el inefable Rapel. Y hay más. Las mayores bobadas e imbecilidades se suelen decir en el medio en el que tú predicas, la televisión. Aquellos que hicieron bromas sobre el limbo -la verdad es que en nuestro lenguaje coloquial se presta a ellas, dado que son muchos los que están, o estamos, en él-, es bueno que sepan que en el Catecismo de la Iglesia Católica no aparece tal palabra, sí la idea bien clara de que es preciso el bautismo para salvarse, pese a que siempre habrá niños que mueran sin él y se salvarán con toda seguridad.

Sí que aparece el purgatorio, y con unas consecuencias que han movido a nuestros mayores a toda una gama muy rica de manifestaciones en su vida de piedad, porque pertenece a la fe católica. Ahí es donde me temo que acabaré yendo yo y, si Dios no lo remedia, tú también, mi buena amiga, como muchos otros periodistas que nos hemos pasado un poco en el ejercicio de la profesión, adulterándola con falsedades o manchándola con bienoliente basura.

Queda todavía otra opción que no veo en ti, Julia, de ninguna de las maneras, por la sencilla razón de que es la menos inteligente. Así la enuncian muchos: «Después de esta vida, no hay absolutamente nada».

Sin meterme en teologías ni en consideraciones de derecho natural que no son del momento, sí es al menos irritante que una vida -como la tuya, Julia, y la mía- tan llena de ilusiones, de afectos, de inteligencia, de proyección de Dios, desaparezca en la nada al cabo de muy pocos años. Es demasiada oscuridad, demasiado túnel del tiempo.

¿Ah, me olvidaba! Aún te queda otra posibilidad: la reencarnación. Pero, anda que si te reencarnas en un dinosaurio o una dinosauria, la hacíamos buena.

Créeme, Julia, que intento comprenderte cuando dices que no quieres ir al cielo de ninguna manera. A ti te pasará lo que a mucha gente que, en broma o en serio, piensa que el cielo tiene que ser algo como muy aburrido. Eso de estar siempre, para toda la eternidad, sentados «viendo a Dios», así tal como suena, no parece algo tan atractivo como para tirar cohetes. Tal planteamiento no entra dentro de la categoría de emociones fuertes que parece ser lo que hoy se lleva.

Como yo tampoco sé muy bien de qué irá la cosa, sí me gustaría compartir contigo -de colega a colega- lo que a mí siempre me ha motivado. Creo que habrás oído alguna vez lo que un santo de su tiempo dijo de nuestro patrono, Francisco de Sales: «¿Qué bueno tiene que ser Dios si vemos lo bueno que es el Obispo de Ginebra!». A mí me pasa algo parecido. Me gusta pensar en lo bueno que tiene que ser Dios cuando me dio a una madre. Mi madre, que era tan dulce, tan cariñosa, tan entregada, tan buena, que llenaba toda mi vida. ¿Cómo tiene que ser de gozoso, de gratificante, el poder disfrutar de un Dios que te dio a ti, Julia, una madre que te cuidó tan bien en tu dura enfermedad y te ha dado a tantas y tantas personas tan llenas de amor que ha puesto a tu lado!

Estoy seguro de que un cielo así no lo desdeñarás. Al contrario, desearás hacer aquí mucho bien con tu trabajo estupendo en los medios y así te llenarás de una inmensa esperanza con la que nos alegrarás a los que te veamos. Te deseo lo mejor.


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