La cereza en Marte

El Periódico, 4 de junio de 2005

Ferran Monegal

Se preguntaba la madrugada de ayer Julia Otero, con teatral horror: "¿Qué dirá la gente por haber venido a Crónicas marcianas?". Y ella misma se contestaba: "Pues estoy aquí porque quería darme un capricho". O sea, que fue al local marciano como quien se va de despedida de soltera y echa al aire una canita. ¡Ah!, qué hermosa pareja conformaron Julia y Sardà, juntitos. Con razón Boris, excitadísimo, iba gritando: "¡Besaros de una vez! ¡Comeros la boca!", y ellos dos reían deslizándose en la cresta de la ola de su fama infinita. De este dúo, fue ella la que estuvo más fina. Se había puesto bien las pilas. Sardà, en cambio, siendo el amo del club, nos pareció un punto mustio. Quizá porque Julia le lanzó enseguida tres preguntas de abrigo. Una: "¿Sientes vergüenza por alguno de tus programas?". Dos: "¿Cuántas Crónicas marcianas has hecho sólo por la pasta?". Tres: "¿Te has acostado con alguna de tus invitadas? Porque lo parece. Vas demasiado salido". Buen cuestionario Proust. O sea, en mitad del juego escénico de las dos estrellas del skyline televisivo, tres solemnes mordidas. Sardà no contestó satisfactoriamente a ninguna. Se fue por los cerros de Úbeda. Sólo con la número dos tuvo una respuesta que retrata bien su actual estado anímico. Dijo, exclamándose dolido: "¡Hacienda se me lleva el 45%!". ¡Ah!, nos recordó a la llorada Lola Flores cuando tuvo aquel sonoro desencuentro con la hacienda pública.


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