Elogian la valentía de Pitita Ridruejo al censurar en la tele a Maragall y a Carod

La Razón, 27 de mayo de 2005

Jesús MARIÑAS

Señora de toda la vida -algo que se va perdiendo, el dúo femenino lo reconoció ante una pasmada Julia Otero-, no perdió la compostura con ese gesto de mano apoyada en la barbilla. Displicente, pero no molesta, jugueteó nerviosa con el collar de perlas de múltiples vueltas. Pero aguantó firme, incluso requemada por la trampa televisiva -muy lícita, por otro lado- que le tendieron algunos colaboradores de las chirriantes y amargas cerezas. Iban a por ella, quedó claro. Pero a Pitita Ridruejo, serenidad soriana y temple de conquistadora, ni se le deshizo el tupé ni vibró su enlacada melena, es buen marco a unos casi 75 años que no aparenta. Por eso, le fastidia reconocer que los tiene. Estuvo discreta en todo momento, incluso con la competencia descarada de una Lucía Bosé que estrenó dentadura y quería quedarse con el personal -muy de su cuerda, además de un público campechano o lo que en Cataluña llaman «estripat»-. Cuando le robaban o anticipaban réplicas que no le correspondían, también quedaba como una defensora de la fe católica. Y, sin ampararse en beaterías que, a veces, le critican por su devoción mariana, los puso en su sitio. Y eso que jugaba en campo contrario, esa Ciudad Condal igualmente indignada con la desfachatez del presidente Maragall -¡vuelve, Pujol!, demandan a buenas horas. Cualquier tiempo fue mejor- y su colega Carod. Ante la vileza que le servían rememorándola en bandeja disimuladora -cobardes hasta en eso, no dan la cara ni con una tele abierta-, le buscaron las cosquillas. Creerían que es una pazguata meapilas, una cándida con antecedentes de embajadas internacionales en Roma, Madrid y Londres. Lo mismo alucinaron desconcertados ante su apología de la Reina de Inglaterra que evocando a Imelda Marcos con el respeto que merecía como primera dama del país de su marido, el embajador Mike Stilianopoulos. Iban a por una bobalicona beata y se toparon con Agustina de Aragón. Aún les dura la conmoción y la sorpresa por no haberla acorralado y verla reaccionar como una católica de toda la vida, molesta y agraviada por la indelicadeza antipolítica de dos elementos que no harían a su Moreneta lo que realizaron con la corona de espinas. Con Montserrat no se atreverían a tanto, «la rosa de abril» es intocable. Pero la distancia les proporcionó una cobardía repudiable muy bien subrayada por Pitita. Y algunos la tienen por tonta, ¿y qué más?


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