El invento del maligno, por José Javier Esparza: "Cerezas"

COLPISA, 27 de octubre de 2004

TVE-1 ha estrenado esta semana ‘Las cerezas’, el programa de Julia Otero, que es una de las “estrellas” de la nueva programación. ‘Las cerezas’ es un programa de corte clásico: invitados de relieve público, entrevistas de diversa intensidad y piezas de espectáculo que completan el conjunto. Tal vez ya nadie se acuerde, pero, hace siete u ocho años, los programas de variedades eran así, sin homicidios morales en directo ni “teléfonos de aludidos”. En ese sentido, y sobre el papel, ‘Las cerezas’ suscita la benevolencia del crítico. El problema surge cuando del papel se pasa a la imagen, y entonces hay que decir que este estreno no ha sido demasiado estimulante. De entrada, Julia Otero quiso marcar liderazgo con dos grandes personalidades de la vida española: Felipe González y Jordi Pujol. Es un recurso habitual: empezar con nombres de fuste para marcar diferencias. Ahora bien, el espectáculo de los dos “ex” no fue especialmente brillante. Felipe González, para quienes no le frecuentamos, justificó con elocuencia esa caricatura de Cantinflas que le hacían en el ‘Guiñol’ de Canal Plus: locuaz y autosimpático (esto es, riéndose sus propios chistes), trató de monopolizar el programa y no dejó hablar a nadie. Tampoco a Pujol, que dio la impresión de estar adormecido. Por cierto que un rasgo curioso del programa fue la extraordinaria predisposición del público a aplaudir y reír cualquier cosa que decía Pujol; los aplausos y las risas resultaron todavía más llamativos por lo poco prolijo que estuvo don Jordi, el cual, para una vez que fue a decir algo prometedor, sufrió abrupta interrupción por el imperativo González con la amonestación de “no estás siendo bien interpretado”. Por otro lado, en lo que sin duda era la cuestión del día, a saber, la solicitud de indulto para Vera, Julia Otero dejó que González se le escapara vivo. Los otros apartados del programa no fueron más susceptibles de aplauso. Por ejemplo, la aportación cómica resultó bastante desafortunada: no tanto por su expreso partidismo, que era previsible, como por el hecho de incorporar explícitamente la crítica a medios de comunicación de la oposición (mientras se eludía la mención a los de la otra orilla) y por el escaso gusto de la parodia sobre el 11-M. No cabe augurarles demasiado éxito: el humorismo a favor del poder sólo funciona bien en lugares de debate público asolado, como Cataluña. En definitiva, unas decepcionantes cerezas. Acabarán al kirsch.


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