Mesetarios

El País, 2 de abril de 2003

MONCHO ALPUENTE

Hacía un montón de años que no escuchaba esa palabra, mesetario, un término muy difundido en la Barcelona de los años sesenta para definir con un toque despectivo lo que venía de Madrid. La volví a escuchar hace unos días en labios de Julia Otero en la televisión catalana. Se trataba, cómo no, de la guerra de Irak, y la brillante y mordaz periodista hablaba de Federico Trillo y de sus enigmáticas y dubitativas declaraciones sobre el paso de los bombarderos estadounidenses sobre la Península y sus maniobras de repostaje. Julia Otero llamó al ministro de Defensa, "Hamlet mesetario", Hamlet por su "to b or not to b(52)", y mesetario, se supone que por su participación en el Gobierno de Madrid, porque el señor ministro es murciano de Cartagena y suele presentarse a las elecciones por Alicante.

Siguiendo tales criterios de "mesetarización", la misma Julia Otero, catalana de Monforte de Lemos, fue mesetaria durante los años en los que hizo radio a diario desde Madrid, periodo que finalizó cuando el sector más mesetario de Telefónica se hizo cargo de Onda Cero y para defender al Gobierno mesetario de la nación de presuntos ataques mediáticos suprimió su programa, líder de audiencia de las tardes radiofónicas, un programa serio y divertido, realizado con gran sentido periodístico y que nunca rozó los nauseabundos pozos del cotilleo y del famoseo que hoy constituyen el alimento esencial de innumerables e innombrables programas de radio y televisión.

Por cierto, que en los debates del programa suprimido participaban subversivos tan peligrosos como Ana Palacio, entonces eurodiputada y hoy deseuropeizada, y el popular diputado Fernández de Trocóniz, el que pensaba que la excesiva longevidad de las mujeres desequilibraba los presupuestos de la Seguridad Social.

La condición mesetaria de Madrid se reduce a su posición geográfica; los habitantes de la ciudad de Madrid son más funcionarios que mesetarios y, por regla general sus contactos con el entorno rural se reducen a regar la parcela del chalé adosado los fines de semana. Para los catalanes barceloneses que lo inventaron, mesetario, era una forma fina de decir paleto que se aplicaba a finales de los sesenta y principios de los setenta, sobre todo al cine y a la canción, entre otras cosas porque sus creadores, o al menos sus principales difusores trataban en las páginas de la muy moderna y modernizadora revista Fotogramas, que se ocupaba de esos temas.

Para ellos, Carlos Saura, por ejemplo era un cineasta mesetario, y se le notaba mucho en sus películas, sobre todo si se comparaban con las delicatessen que se cultivaban en la llamada Escuela de Barcelona, productos de sofisticado diseño que se adornaban con nombres tan sugerentes como Dante no es únicamente severo o Biotaxia, filmes que sucedían en entornos muy modernistas, con cuadros muy abstractos en las paredes y por los que pululaban personajes atormentados; nunca se sabía exactamente qué es lo que les atormentaba y eso daba mucho juego en los coloquios de los cine-clubes y en las reseñas de los críticos especializados en arte y ensayo.

Lo de la música era otro cantar, el intento de lanzar desde Madrid una nueva canción castellana a imitación de la nova canço fue un burdo montaje comercial. Massiel, líder natural del presunto grupo, apodada entre los colegas "la tanqueta de Leganitos", era más de asfalto que los semáforos, aunque cantara a pleno pulmón aquello de "Una mujer noble y fuerte le dio diez hijos al labrador". Ni la cantante, ni el autor, también un chico de ciudad, habían caído en la cuenta de que lo que ellos presentaban como una noble, fuerte y heroica epopeya conceptiva hubiera sido en realidad para el recio labrador de la canción una catástrofe sin paliativos, diez bocas más que alimentar con lo poco que iba dejando el campo, diez mesetarios más, desertores del arado, que un día emigrarían a la ciudad para buscarse el pan.

Pero tiene razón Julia Otero, Federico Trillo es un Hamlet mesetario, impregnado del rancio mesetarismo de Aznar, porque no hay nada más mesetario, por ejemplo, que jugar una partida de dominó en un bar de Quintanilla de Onésimo, un paradigma redondo.


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