La paz del lunes

El País Semanal, 27 de enero de 2002

Almudena Grandes

Es lunes, el día más desprestigiado de cualquier semana. El mercado está tranquilo, como un convaleciente aplazado que se recuperara con pereza a sí mismo del barullo y las prisas del sábado. Hay poca gente en los pasillos, ninguna estudiando la oferta de la pescadería, y los tenderos se mueven despacio, escogiendo y colocando la mercancía con manos lentas, cansadas. Yo espero mi turno frente a uno de los escasos puestos animados, la charcutería, donde la clientela tampoco alcanza para formar una verdadera cola. Enfrente de la vitrina, una señora va pidiendo de cien gramos en cien gramos. A su lado hay un señor mayor, delgado pero tieso, con un aspecto fuerte, saludable.

-Estos lunes ya no son como los de antes, ¿verdad? -dice, y no sé si me habla a mí, pero cuando me vuelvo comprendo que no le queda más remedio que hacerlo, porque detrás de mí no hay nadie.

Mientras la señora que nos está haciendo esperar decide rebajar el volumen de sus exigencias para pedir sólo cincuenta gramos de chorizo de Pamplona, asiento con la cabeza sin comprender a qué se refiere exactamente. Los lunes son por naturaleza los días más iguales entre sí, me digo, cediendo sin resistencia a la tentación de definir. Los lunes son tristes, grises, monótonos como la rutina, como las obligaciones, como el sonido de los despertadores y las aulas de los colegios. Pero él no piensa como yo, porque enseguida vuelve a la carga. 

-No hay más que ver este pasillo, al pescadero de ahí al lado, tan achantado y tan formal él, con las que liaba antes, y al de las aceitunas de enfrente, que como ya no tiene con quién discutir... Fíjese, fíjese. Todo el mundo callado, serio, tranquilo. En fin, que esto parece un entierro de tercera.

-¿Sí? -me atrevo ya a preguntar, sin tener todavía ni idea de las razones que sustentan un argumento tan pintoresco.

-Desde luego. Yo voy a dejar de venir al mercado los lunes, no le digo más.

La señora que come de todo, pero como un pajarito -expresión que ella misma acaba de utilizar para excusarse por el goteo de gramos que nos tiene clavados en el pasillo, pendientes de la morosa prolijidad de sus pedidos-, intenta averiguar cuántas monedas de color cobre le hacen falta para reunir los setenta y nueve céntimos que todavía tiene que pagar. Esto va para largo, pienso, y en ese momento, como si me hubiera oído, mi espontáneo interlocutor se dirige al charcutero para despejar el misterio y convertir de paso su difícil monólogo en una auténtica conversación. 

-Total, que a ver si tu equipo vuelve a primera, macho, porque esto no hay quien lo aguante.

Entonces me echo a reír, y comprendo que tiene razón, que los lunes ya no son como antes.

-¿Usted también es del Atleti? -le pregunto, recordando con precisión las bromas y los desafíos, los chistes y las apuestas que cruzaban antes el pasillo en todas las direcciones, haciendo de los lunes días irónicos, vivos y ruidosos. 

-¿Yo? -me dice, volviéndose para mirarme-. ¿Qué voy a ser? A mí el fútbol no me gusta. Ahora que si tuviera que elegir, me haría del Barça.

-¿Es usted catalán? -pregunta sorprendida la señora, perdiendo fatalmente la cuenta de los cincuenta y siete céntimos que había logrado apartar en su mano izquierda.

-No, señora. Soy de Legazpi -y se estira las solapas de la chaqueta con las dos manos a la vez en un movimiento tajante, enérgico-. Pero yo, con tal de molestar...

Manuel Delgado, el estupendo antropólogo barcelonés con quien tuve la suerte de coincidir muchas tardes en La radio de Julia, un programa que echo de menos tanto como los oyentes que me lo recuerdan cada dos por tres, después de tantos años, afirmó una tarde que un factor nada despreciable a la hora de asegurar la cohesión de España y su futuro como nación era la Liga de Fútbol de Primera División. ¿Para qué quiero yo que el Barça le gane la Liga al Lleida?, dijo entonces; yo lo que quiero es que juegue con el Madrid, y que le gane la Liga al Madrid. En la paz sepulcral de este mercado, mientras los atléticos no abren la boca para que nadie les recuerde su infamante -y espero que muy transitoria- condición, y los madridistas tampoco, para no rebajarse a discutir en público con aficionados de segunda, vuelvo a asombrarme de lo que la naturaleza emocional del fútbol puede llegar a dar de sí, y le recuerdo.


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