Otros eclipses mediáticos

Artículo pubicado en La Varguardia el 20 de agosto de 1999
Texto: Josep Cuní

LOS PERIODISTAS hemos pasado a ser responsables de muchos de los males que afectan a la sociedad

El pasado día 7 y en estas mismas páginas, Manuel Trallero me atribuía haber dicho que "de la misma forma que los políticos son responsables de la política que se hace en este país, los periodistas también lo son de la prensa". Rescatar hoy la referencia no es por sentirme citado en vano. Al contrario, asumo la frase aún en el supuesto de que no fuera propia. Tampoco está en mi ánimo polemizar con un polemista profesional, a quien aprecio y agradezco la mención, aunque le sirva de aval para una segunda parte del artículo que no comparto. Que se considerara motivo informativo el cese de Julia Otero. A pesar de la claridad con la que los manuales exponen qué es noticia, cualquier periodista sabe de su complejidad práctica y la duda que le alberga en múltiples ocasiones. Y cuántas son las veces en las que dos colegas divergen sobre la importancia de un acontecimiento para darle mayor o menor realce, con el riesgo incluido de dejarlo de lado. Nada de lo ocurrido a mi amiga Julia invitaba a la vacilación. Sólo la forma y el momento con el que se ha descartado su continuidad ya convierte la rescisión del contrato en noticia. Si se le añade que fue ella quien consiguió para la cadena el liderazgo de tarde en la radio española, la incertidumbre se reduce considerablemente. Su solvencia profesional y su popularidad personal son valor añadido. Y aun respetando el fondo de la decisión, basado supuestamente en la libre empresa, consideraciones de elitismo e intelectualidad como factores negativos de un programa de radio, como se argumentó, le otorgan al despido el marchamo de noticia. Y todo ello sin menoscabo de la importancia y el realce que deberían tener los casos de desahucio laboral que se dan al retorno de vacaciones, como lamenta Trallero. Pero sin olvidar que, en el caso que nos ocupa, se está cuestionando uno de los pilares que sustentan a todos los medios de comunicación en una democracia. Privados incluidos, por supuesto. Su responsabilidad en la contribución de ayudar a formar la sociedad.

Más allá de lo que algún lector podría considerar defensa de colega y derivación hacia un debategremialista, la situación global expuesta merece alguna acotación de carácter general.

A partir de la consolidación de la democracia, los periodistas hemos pasado a ser responsables de muchos de los males que afectan a la sociedad. La misma sociedad que nos acusa, pero que acude a nosotros y confía en nuestro trabajo como transmisores de puntuales problemas que le atañen. Denuncia que el mismo afectado se apresta a considerar noticiable más por la esperanza de una rápida solución gracias a nuestra supuesta influencia o presión ejercida desde los medios que para contribuir a fortalecerlos en ellos mismos. Nada que objetar. Éste es el juego, así sus reglas y paradójicas sus consecuencias. Y una vez pasado todo por el tamiz de los siempre subjetivos gustos personales, nos sentimos más identificados con uno u otro medio o con éste o aquel profesional, a quienes calificamos y evaluamos con criterios que pretendemos racionales cuando simplemente son emocionales.

En el ámbito audiovisual, estos factores han contribuido a fomentar una imagen de referencia, personalizada en algunos nombres propios a los que se engloba en un firmamento donde conviven astros y asteroides, planetas y satélites. Cuando a uno de estos objetivos se le tilda de estrella, se le proyecta a un universo reducido en el que el nivel de exigencia por parte de la empresa y la audiencia son muy altos. Tanto, que cada vez son más las estrellas fugaces y menos las estáticas. Es por la dificultad de mantenerse en la dura lucha diaria y por la frivolidad con la que algunos se enfrentan a ella. Pero esto no le consta al gran público ni cuaja entre la mayoría de aspirantes, obnubilados por el falso oropel de la popularidad de unos pocos que no siempre son los más sólidos. Curiosamente, los auspiciados y destruidos con la ayuda inestimable de sus propios directivos y colegas.


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