Beavis y Butt-head

Artículo publicado en el diario ABC el 11 de agosto de 1999
Texto: Ignacio Ruíz Quintano

En América el Periodismo aún conserva el prestigio que le concedieron las compañías de seguros al considerarlo el oficio más peligroso del mundo, pero en España, según las encuestas, es hoy un oficio tan desprestigiado socialmente que a los periodistas ya no se los invita a las casas si no es a recoger una limosna después de haber cantado un poco a la guitarra debajo de los balcones de la gente. Está visto que lo periodístico, lo mismo que lo político, se afianza como correcto sólo a través del éxito, y sólo a través del fracaso es reconocido como falso. «Mi error estuvo basado en la idea de que se debía hacer un trabajo serio», fue la única explicación que se le ocurrió a David Rogers para justificar su fracaso periodístico, es decir, la indiferencia con que la posteridad había acogido sus crónicas de corresponsal en París del «Toronto Daily Star».

El simple periodista, como el «simple político» de Jaspers, es un tipo que se figura serio por no actuar según sus propias opiniones, sino de acuerdo con lo que cree que son las opiniones de los demás: «Parece querer porque otros quieren, porque él piensa que ellos quieren, y porque se orienta según aquellos que por sí mismos no saben lo que quieren, porque todos opinan que los otros quieren.» Después de todo, Rogers no fue más que un simple periodista que confundía la seriedad con la simplicidad y que tuvo la desgracia de suceder en la corresponsalía de París a Ernest Hemingway, que había sido un periodista excepcional hasta que Gertrude Stein lo retiró del oficio. Para Hemingway, la seriedad constituía, desde luego, uno de los dos requerimientos esenciales en la dedicación al Periodismo: «El otro es el talento, desafortunadamente.»

Aunque uno de los peligros a que se cree expuesto un periodista moderno es la seducción de sus predecesores, se supone que tampoco es llamar al mal tiempo traer a colación aquí el método que salvó a Hemingway de caer en el enjambre del anonimato: hacer todo lo contrario de lo que los demás esperaban de él. Inventar los hechos en vez de relatarlos, para conseguir darles forma, integridad, solidez y vida. En la corresponsalía de París halló todo cuanto necesitaba: vivencias, escenarios y buenas lecturas. «Yo no escribo -decía- esos parrafitos cortaditos, jodidos, periodísticos, que pueden eliminarse fácilmente cuando la crónica tiene que abreviarse.» Huyó de lo que en simple Periodismo siempre se ha entendido por «actualidad», y, a máquina y con dos dedos, llenó de personajes, de diálogos y de descripciones sus crónicas europeas para el «Toronto Daily Star» sobre los bohemios del Barrio Latino, sobre la inflación en Alemania, sobre los asesinatos corrientes y de lujo en Irlanda o sobre su primera gran corrida de toros en Madrid, con Gitanillo, Chicuelo y Villalta. Por eso el mundo conmemora ahora el centenario de Hemingway, que se llamaba a sí mismo «el viejo gacetillero», y no el de Rogers, que estaba convencido, el hombre, de haber hecho Periodismo serio.

Pero el Periodismo no es más serio ni más peligroso que los demás oficios. Si acaso, más democrático, con lo que, al final, los tipos como Rogers, que son los más, terminan imponiéndose a los tipos como Hemingway, que acaban tirando el talento por la borda. Gertrude Stein sostenía que Hemingway arrojó el suyo en 1925, cuando se obsesionó con el sexo y la muerte: «Tenía capacidad para la emoción, pero se avergonzaba de parecer sensible, escudándose en una brutalidad de chicarrón de Kansas con que daba salida a su timidez enfermiza.» Demasiada complejidad para el Periodismo contemporáneo, que es un Periodismo de cultura MTV -ya saben, planteamiento, nudo y desenlace en treinta segundos-, por lo cual es natural que un programa a lo Julia Otero deba ser sustituido por «algo más ligero e intelectualmente menos elevado» (sic). O sea por «Beavis and Butt-head», que vienen a ser los Marx y Engels o los Ortega y Gasset de los ejecutivos de moda.


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