¿Dónde está la izquierda?

Artículo publicado en la sección 'Al contrataque' de la edición del día 4 de abril de 2014

La portada de un indisimulado periódico gubernamental afirmaba esta semana que el PP ganaría las elecciones europeas incluso sin candidato conocido. Los conservadores gozan de tal fidelidad entre sus votantes que casi es irrelevante la figura del cabeza de cartel. La socialdemocracia, mientras, se desangra, incapaz de dar respuesta a los desafíos de la época. Envidiar la disciplina de los votantes del adversario conduce a la melancolía y, lo que es peor, al error. Es un síntoma preocupante en todos los partidos de izquierda de Europa. El ejemplo más claro lo ha dado Hollande esta semana: los suyos le castigaron votando a la derecha y su reacción fue admitir que estaban en lo cierto, y por eso nombra primer ministro a Valls, lo más parecido a la derecha que tenía en el estoc. Europa tiene un problema de calidad democrática, un concepto acuñado en los últimos años por razones obvias. En España ese déficit tiene mucho que ver con la corrupción, la impunidad de los ladrones elegantes que nos han saqueado y la criminalización de cualquier movilización social. Cuando a la ciudadanía se le dice descaradamente que vote, apechugue con el resultado y se calle cuatro años, con el argumento de que eso es lo democrático, se está pervirtiendo de forma grosera el sistema.

El capitalista es, con diferencia, el menos malo de los sistemas conocidos hasta ahora, sobre todo mientras el pacto entre poder y ciudadanía funcionó. Ha sido una máquina eficaz de crecimiento y prosperidad en la que algunos se han hecho ricos a cambio de distribuir la riqueza con cierta equidad y dar beneficios sociales a todas las capas de la sociedad. Pero el pacto se ha ido resquebrajando, ha triunfado el capitalismo especulativo, el de casino, y sus beneficiarios tratan el descontento de los perjudicados como un desafío a la autoridad. Los que protestan o se manifiestan en la calle son peligrosos antisistema a los que hay que perseguir con todos los medios disponibles. Si la ley se resiste -como es el caso-, se crean unas reglas de juego ad hoc, jueces al margen, para imponer multas estratosféricas sin pasar por el juzgado.

El virtuosismo de la ola ultraconservadora es convencer a los más pobres de que no existe otro camino, que no ha lugar ya la división entre izquierda y derecha (Le Pen lo dijo literalmente) y, sobre todo, que hay que defenderse de los miserables que se encaraman a vallas con cuchillas con tal de venir a sacarnos el pan.

Un miedo indigno

¿Cómo actúa en este escenario la socialdemocracia? Agazapada entre las cortinas de palacio, aguarda la vuelta al poder con un miedo indigno a tomar partido, a incomodar a los poderosos, a mezclarse con la gente, escucharla y ponerse al frente de la manifestación. Sí, al frente y combatiendo al mismo tiempo a los vándalos violentos de la retaguardia, esos grandes cooperadores del miedo y la resignación general.


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