Salir a hombros

Artículo publicado en la sección 'Al contrataque' de la edición del día 28 de junio de 2013

El último fenómeno viral sobre el periodismo en internet es la crónica de un majadero llamado Narayan Pargaien, al parecer un reputado reportero de la televisión india. En las últimas inundaciones, brutales en la magnitud, como todo lo que ocurre en un país como aquel, no tuvo mejor ocurrencia que subirse a hombros de una víctima de las inundaciones. Probablemente, el plano que mejor mostraba la catástrofe y su capacidad devastadora era más alto que el que le proporcionaba su estatura; así que se encaramó en la espalda de un damnificado con el compromiso de que el cámara que le filmaba obviase la tarima humana que le servía de soporte.

Menuda pieza debe ser el tal Pargaien para que su compañero cámara decidiese traicionarlo, abrir el plano y todo el mundo viese su indignidad. Observando cómo el agua alcanzaba más de media pierna, es posible que los televidentes indios tuvieran razón cuando concluyeron que el reportero lo hizo para no mojarse los pies.

La historia es toda una metáfora de los tiempos que vive el periodismo, y no solo en la India. Está de moda subirse en la chepa de quien convenga para garantizarse las lentejas. Esta semana, por ejemplo, empezó con conocidos tertulianos subidos a hombros de estudiantes sin recursos, con el agua más que a media pierna, al cuello. Decenas de miles no podrán seguir en España en la universidad por la nueva política de becas del inefable Wert. Pero a ellos no les importó encaramarse sobre los ahogados estudiantes para llamarles vagos y consentidos. Una colega escribió incluso en su blog que algunas estudiantes usan el dinero de las becas para «ponerse tetas». Luego, al día siguiente, cuando el ministro dio signos de rectificación, la patulea de tertulianos y columnistas se sacudió el polvo de la solapa como si tal cosa.

La neutralidad

Eduardo Galeano, el escritor uruguayo, suele decir que en estos tiempos no hay neutralidad posible, o se es indignado o indigno. En el periodismo, también. Los que nos dedicamos a este oficio («lo recuerdo como una noble profesión», dijo Joseph Pulitzer) también comemos cada día, tenemos hipotecas y familias que mantener, así que es tan indecente como humano que aceptemos lo inaceptable. Lo honesto, al menos, es confesar a los lectores, oyentes o televidentes que no somos héroes y tragamos como el que más.

Mi compañero de estas páginas Ferran Monegal escribió hace un par de días uno de esos imprescindibles ejercicios de información comparada: la noticia de la condena de Berlusconi se contó con altavoz en las cadenas que no tienen ataduras con el exprimer ministro delincuente, y en las que lo tienen como patrón, con sordina.

El inolvidable general Gutiérrez Mellado me contó el chiste del sargento chusquero que tras observar que solo uno de los soldados permanecía serio, se acercó y le preguntó cabreado por qué no se reía. El soldado respondió: «Es que yo no soy de su regimiento, mi sargento». Así estamos los periodistas: hechos unos soldados de regimiento.


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