Julia Otero: «Con los años me he ido haciendo más gallega, en el único sentido de la palabra»

La Voz de Galicia, 1 de mayo de 2011

Lleva más de 30 años dedicada a la comunicación y, superada la barrera de los 50, Julia Otero asegura que su pasión por la palabra ha crecido con el tiempo, tanto que aspira a envejecer diciendo solo lo que piensa. Ese mismo amor por la conversación y por la gente lo ha desarrollado por su tierra, Galicia, a la que vuelve cada vez con más frecuencia, empujada por su hija de 14 años, que ha heredado de su abuelo su apego a Monforte

Por Sandra Faginas

Su amor por la palabra ha nacido con ella, de hecho, Julia Otero (Monforte, 1959) confiesa que aprendió a hablar mucho antes que a andar y que desde que tiene uso de razón le interesó lo que otros decían. Esa capacidad innata de comunicación y su pasión por las letras la arrastraron a estudiar Filología Hispánica, aunque una casualidad amorosa la condujo a su verdadera pasión, la radio, a la que se dedica desde los 17 años, pese a que fue la televisión la que la catapultó a la popularidad. Hoy, superados los 50, dice que a veces ella incomoda a un sector porque no se muerde la lengua y solo aspira a envejecer diciendo lo que piensa.

-Tengo mi ciudad empapelada con su cara, ¿le atosiga la popularidad?

-Como no estoy habitualmente en Galicia, la presencia de la cartelería [es imagen del centro comercial Marineda City] es menos apabullante. Y aunque no te lo creas, no estoy acostumbrada. Pero Galicia es de los lugares donde noto más aprecio personal.

-Entonces, ¿se siente reconocida?

-Sí, sí, muchísimo. También es cierto que con los años me he ido haciendo más gallega.

-En el buen sentido, ¿no?

-[Risas] En el único sentido de la palabra, pese a la señora Díez.

-Aquello le molestó.

-Sí, lo dije públicamente y tuve una pelea dialéctica con un colaborador [Arcadi Espada]. Cuando entrevisté a Rosa Díez lo primero que le dije fue que tenía la oportunidad de rectificar, y aunque no lo hizo del todo, no se empecinó. Todos nos equivocamos.

-¿Qué añora de Galicia?

-No tengo añoranza de la familia, porque llegué a Barcelona con dos años, pero con el tiempo uno va buscando sus raíces, y bueno, la muerte de mi padre hace cuatro años ha sido definitiva. Mi padre era un galleguista convencido, y un enamorado de su tierra. Es un sentimiento que ha aparecido con los años.

-¿Su lengua materna es el gallego?

-Sí, sí, mis padres hablaban entre ellos en gallego, y en él fueron mis primeras palabras, pero al llegar a Barcelona me educaron en castellano. Mi madre, que vive conmigo, se sigue dirigiendo a mí en gallego.

-¿Y su hija?

-Mi hija, que es catalana, y su padre es catalán, se siente sin embargo muy gallega, porque la influencia de su abuelo fue espectacular. Ella, que tiene 14 años, ha acabado solfeo, y hereda el gusto por la música de mi padre, que tocaba la trompeta. Su entusiasmo por Galicia ha sido definitivo para que yo me decidiera a recuperar la casa de mi abuelo. A ella le encanta Monforte, ¡y claro que mi padre le hablaba en gallego!

-Así que usted hereda el punto verbenero.

-¡Hombre claro! Yo, aunque soy el eslabón perdido en la herencia musical de los Otero, me recorría con mis padres y mis primos todas las verbenas de la comarca.

-¿No dejó ningún novio de verano?

-[Risas] No, no, ninguno. Venía cada verano a casa de mis abuelos, pero fui muy responsable, muy buena niña.

-¿Siente el desarraigo de los emigrantes, de no ser de ningún sitio?

-En Cataluña me lo recuerdan. Trabajando para toda España, en Madrid tienden a considerarme catalana, en Cataluña una española bien integrada, y, en toda esa telaraña de sentimientos, Galicia es la tierra que me reconoce como suya. No hay ningún gallego que me considere catalana.

-¿Cómo ve Galicia cuando viene?

-Siempre he tenido la sensación de que lo mejor de los gallegos surgía cuando se iban de Galicia, los gallegos emprendedores. Ahora noto que el emprendedor se queda aquí, y que es capaz de generar riqueza desde aquí. Pero durante épocas he visto una Galicia muy resignada y melancólica, aunque es verdad que tampoco han existido muchas inversiones estatales.

-¿Se siente poderosa al estar entre las gallegas más influyentes?

-En absoluto. El único poder del periodista es el de la transmisión de información. Todos los periodistas que se sienten poderosos me gustan poco y ejercen su oficio con una ausencia total de escrúpulos. Ese tipo de poder no lo quiero para mí.

-Hizo Filología, pero se enganchó a la radio. ¿Fue un flechazo?

-En aquella época yo tenía un novio que se dedicaba al cine y le dieron un programa en una emisora local y fui de consorte.

-Pero la radio se la quedó usted.

-Sí, porque él jamás se dedicó a ella. Si hubiera tenido un novio abogado, pues me hubiera dedicado a otra cosa.

-Pero su capacidad de comunicación es innata, ¿no?

-Sí, al final encontré el camino, pero la prestación venía de serie [risas]. Desde pequeña mostré un interés por hablar, y siempre he oído eso de «esta niña habla como una vieja». Y también por la gente, me encanta la gente y conocer sus historias.

-¿Algún periodista le ha echado en cara que no tenga el título?

-No, jamás. Estoy colegiada en Cataluña desde hace más de 30 años y siempre he ejercido la comunicación y el periodismo. En estos tiempos de tanto intruso y tanta gente autoproclamándose periodista, ya no sin título, sino sin ninguna noción de lo que significa el periodismo de verdad, sería extraño que alguien me lo dijese.

-A usted también le han tirado a dar en «Sálvame». ¿Qué opinión le merece esa televisión?

-La observo con preocupación. Afortunadamente de mí hablan poco. En España la televisión se ha berlusconizado, hay signos de envilecimiento muy preocupantes. Y esos productos baratos serán consumidos por un sector muy determinado de la población, las generalistas se quedarán para aquellos que no tengan demasiadas posibilidades económicas ni culturales. La élite verá otros espacios.

-En alguna entrevista ha dicho que la radio le permite una paciencia que la televisión no tiene. Pero la televisión fue definitiva en su recorrido.

-Fue tan definitiva que yo hacía un programa local en Barcelona y pasé a la radio nacional. Debo a la radio mi primera oportunidad, la de tejer un oficio, y a la televisión el salto de ejecutar lo que había aprendido con medios y recursos.

-Siempre me ha parecido que tenía una voz de seda y una imagen de «riquiña» que le permitía decir con dureza cosas que otros no podían.

-No es tanto una decisión racional como una forma de ser. Yo no puedo sentarme delante de alguien y mostrarme borde, pero tengo colegas que piensan al revés. Puedes ser incisiva y dura con formas corteses y amables.

-¿Qué tiene la entrevista como género que la ha atrapado?

-El placer de la conversación. No sé qué filósofo decía que el instinto de conversación es superior en el ser humano al instinto de conservación. A mí siempre me ha gustado escuchar...

-Pero para escuchar alguien tiene que hablar...

-Sí, en la entrevista las dos partes son fundamentales. El que solo prepara buenas preguntas y es incapaz de verse sorprendido por las respuestas y explorar caminos nuevos nunca hará una buena entrevista. Y al revés, el que crea que, sin documentación previa, hará un buen trabajo tampoco será un buen entrevistador.

-Ahora la presión pasa a mi lado.

-Eso es [risas].

-¿Se siente cómoda en el papel de entrevistada, de protagonista?

-Siento la doble carga de responsabilidad, por una parte soy entrevistadora y estoy juzgando las preguntas...

-Vale, vale [risas].

-Pero en paralelo ejerzo un juicio sobre lo que voy respondiendo y también me lo exijo.

-Ya que hablamos de entrevistas y entrevistados, ¿se rindió en alguna?

-Una vez, hace mucho, con una editora barcelonesa muy conocida. Me rendí porque era imposible la conversación. Ella no quería. La primera condición es que el entrevistado quiera.

-¿Y con Cela?

-En el caso de Cela fue él el que me dejó a mí. Era un misógino en toda regla, y me echó del estudio. Pidió que siguiera Luis del Olmo, porque era para Protagonistas.

-¿Y con quién surgió el «feeling»?

-Uf, con Felipe González. Lo entrevisté en Moncloa y su carisma se podía cortar con cuchillo y tenedor. También Pujol, Gutiérrez Mellado; Manuel Fraga fue un buen entrevistado... La que recuerdo con mayor presión fue la de Mario Conde, en el 89, nadie lo conocía físicamente, ni su voz.

-¿Y alguna mujer?

-Paloma Picasso, una mujer profundamente vulnerable.

-¿Alguna vez ha perdido los nervios en antena?

-Pues no. Con el paso de los años creo que he ido ganando el poder ser yo misma. Yo me muerdo poco la lengua, y se me nota lo que pienso.

-La han catalogado afín al PSOE.

-Lo que está claro es que hoy es imposible que el periodista sea un tipo light. El oyente cuando escoge a una persona es o porque se siente muy próximo o está en las antípodas. Al comunicador en la radio se le exige compromiso.


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