Julia Otero: «Soy un culo de mal asiento»

La Voz de Galicia, 24 de octubre de 2004

Desde el día 26, la periodista dirigirá y presentará «Las cerezas» en Televisión Española, un magazín con entrevistas y debates, en el que el humor también tendrá su hueco.

Lola Ramírez

A escasos días de estrenar nuevo programa, Julia confiesa que está «hecha polvo», «superliada» y con la «angustia» que lleva implícito todo comienzo. Su veteranía no sólo no le ayuda en estos momentos sino que le supone una sobrecarga de responsabilidad: «Solamente los primeros pasos en la primera juventud son, por inconsciencia y atrevimiento, los más tranquilos; con el paso de los años todo se empeora notablemente», continúa esta gallega afincada en Cataluña desde su más tierna infancia.

—El próximo día 26 la veremos presentando «Las cerezas», un programa con un título es muy sugerente pero... en definitiva, ¿qué va a pasar en él?

—Es un magacín de actualidad, aunque no se va a nutrir exclusivamente de ella, porque hay personajes y temas que son eternos, pero sí va a tener la vocación de acercarse en el ámbito político social, cultural, artístico, a aquellos acontecimientos o aquellas personas que estén esos días en las primeras páginas. Tendrá formato de magacín y vamos a introducir elementos de humor hechos por un grupo de periodistas muy competentes que van a satirizar la vida social y política de este país, poniendo a prueba el sentido del humor de nuestros próceres públicos.

—¿Le atrae a usted el mundo de la política?

—Digamos que del mundo político salen decisiones que nos afectan a todos, desde las grandes decisiones hasta las más pequeñas. Yo creo que el ser humano es político por naturaleza, incluso los que dicen que son apolíticos, que suelen ser de derechas, tienen en cuenta la política.

—¿Usted es una gallega que vive en Barcelona o una catalana que nació en Monforte de Lemos?

—Las dos cosas al mismo tiempo y con la misma intensidad. Asumo la frase de un amigo mío, un actor gallego que se llama Pepe Rubianes, soy gallega aunque nunca o muy poco viví allí en Galicia, y catalana aunque nunca nací aquí.

—¿Qué le queda de gallega?

—Vamos a ver, si lo que los lingüistas consideran probado y es que la lengua materna es la que finalmente estructura y condiciona el pensamiento, mi lengua materna fue el gallego. Hasta los tres años que llegué a Barcelona solamente hablaba gallego, aquí me tuve que espabilar y aprender de golpe catalán y castellano. ¿Qué me queda de gallega? Según la gente que me rodea muchas cosas, aquí las ven, aunque cuando voy a Galicia me llaman la catalana.

—Pero sus padres son gallegos los dos...

—Sí, sí, yo soy gallega por los cuatro costados, de pura cepa.

—¿En algún momento ha pensado en encontrar el camino de vuelta a su tierra o ha asumido que la vida no tiene marcha atrás?

—No, yo como tantos otros cientos de miles de gallegos he echado raíces en Barcelona que es mi ciudad y aquí está toda la gente que quiero, están mis padres, está mi marido, está mi hija, que están tan arraigados como yo. Al final es lo que yo digo, la patria son más las personas que otra cosa, es esa telaraña de afectos personales y de raíces personales la que te liga más a una tierra que a otra.

—Esto de volver a la televisión nacional, ¿son ganas de calentarse la cabeza de nuevo o está convencida de que aún le quedan muchas cosas por desenredar?

—Seguro que son ganas de calentarme la cabeza, sobre todo porque el programa que hacía en TV3, pese a las cuatro temporadas, seguía teniendo vida por delante. Soy un culo de mal asiento, pero también es cierto que yo prefiero que me echen de menos a que me echen de más.

—Y estando tan bien como estaba con «La columna», ¿qué es lo que le ha ofrecido TVE para cambiar?

—Me ha ofrecido la posibilidad, el reto de comprobar si la televisión pública española, como ya ocurre con la televisión pública catalana, puede permitirse un programa sobrio, un programa clásico como Las cerezas.

—Pues tal y como está la televisión sí que es un reto...

—Sí, yo me tiro a la piscina y vamos a ver cuánta agua hay. Doy por sentado que hay agua, esa gente que reclama otro tipo de televisión otro tipo de programas, bueno, lo que no sé es si el agua que hay es suficiente para no darse un morrazo.

—Confírmeme su galleguidad. Asegúreme que cuando le dan elegir entre lo blanco y lo negro elige siempre lo contrario.

—Pues lamento decepcionarte y no pasar el control de galleguidad, salvo que dude, que es una cosa que me ocurre a menudo, pero salvo que dude, suelo mojarme y suelo decir lo que pienso y he comprobado que eso es poco rentable. Yo creo que es mucho más inteligente ejercer la galleguidad, pero chica, la cabra tira al monte.

—Estoy segura de que los ministros no limpian el polvo ni hacen las camas. Usted, que es de las pocas periodistas que les pregunta cómo compaginan la vida familiar con la vida política, sabrá si esto tiene solución o si, en definitiva, las consecuencias del machismo las padecen siempre los pobres.

—Los pobres, y sobre todo las pobres, porque desde luego si las mujeres con una vida activa desde principio de siglo podemos seguir adelante es porque otras mujeres de estamentos mucho más humildes, en muchos casos llegadas de la inmigración, hacen aquellas tareas caseras que nosotras no podemos hacer, y a ellas debemos muchísimo, porque desde luego a la colaboración y coparticipación de los hombres, según dicen las estadísticas, aún debemos muy poco, escandalosamente muy poco. El hombre sigue donde estaba. La mujer ha hecho kilómetros socialmente. Nosotras estamos extenuadas y ellos ven cómo sudamos y se preguntan qué carallo han hecho de malo.

—Haciendo una especie de media aritmética vital, en las circunstancias más críticas, ¿ha preferido pasarse aunque luego haya tenido que pedir perdón o ha sido de las que nunca ha entrado sin pedir permiso?

—Yo creo que soy educada, pero al mismo tiempo también a veces soy una persona atrevida. Pero si ambas cosas, la educación y la audacia, entran en colisión, intento que me pueda la urbanidad y sobre todo cuando está en juego la sensibilidad de una tercera persona, prefiero cualquier cosa antes de herir gratuitamente.

—«El amor es inventarse al otro y mejorarle». No sé si es suya la frase o de algún poeta, pero ¿usted cree que se puede tras varios años de convivencia seguir amando así?

—La frase no es que sea mía, es de la realidad. Cuando nos enamoramos de alguien tendemos a atribuirle toda clase de virtudes que luego el día a día va desmontando. La cotidianidad en una pareja es difícil, pero después de varios años de convivencia las cosas se ponen en su sitio. Si ese precario equilibrio, que existe en toda pareja, entre lo bueno y lo malo hace que la balanza se incline hacia lo bueno, la cosa puede marchar. Pero desde luego hay elementos como la pasión que poco o nada tienen que ver con el principio de una relación. Incluso la pasión cuando uno pasa la barrera de los 40 da un poco de pereza. Claro que hay un mínimo imprescindible, pero esa locura desenfrenada que hace cometer todo tipo de imbecilidades, de imprudencias, eso afortunadamente se va pasando porque si no la vida así, hasta el final de nuestros días, sería insoportable.


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