La cólera de Dios

Una periodista argelina comprometida con la libertad, tan mal vista por el Gobierno como por los fundamentalistas, me contó que impedir la llegada de FIS al poder fue un acierto que, como mujer y persona de izquierdas, agradecía y justificaba sin reparos.

No sé si cuanto ocurre en Argelia es fruto de aquel golpe del Ejército aplaudido por Occidente y recibido con alivio por miles de personas, como la mencionada periodista, nada sospechosas de connivencia con el corrupto régimen argelino. Tampoco sé qué pretenden decir quienes explican (aunque no justifiquen) los cien mil muertos de Argelia por la traición a la supuesta voluntad popular. Si lo que sugieren es que mejor hubiera sido permitido gobernar a los fundamentalistas, habrá que recordarles que todos los pueblos merecen poder escoger entre algo más que la tiranía de los hombres o la cólera de Dios.

Ahora, eso que políticos y periodistas convenimos en llamar comunidad internacional presenta síntomas hipócritas de alergia a la sangre. No resulta fácil comprender qué chispa hace saltar los resortes de la sensibilidad occidental. Recordemos que en Somalia asistimos al primer desembarco militar televisado en directo, y en cambio no ocurrió lo mismo en Ruanda. La sangre era la misma. Misteriosamente, los últimos trescientos muertos han estremecido las conciencias anestesiadas ante los primeros cien mil cadáveres desparramados en los telediarios a la hora de la cena. Tampoco sé qué hay que hacer, si enviar a los marines o, como decía una señora por la radio que seguramente cocinaba con gas argelino, que se apañen entre ellos. Sólo sé que como ser humano me muero de vergüenza.

Julia Otero
Periodista


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