El espectáculo de la solidaridad

El próximo domingo, TV3, a la que podemos reconocer "haber hecho escuela", como dijo su director, celebrará su sexta "marató", esta vez a favor de dos enfermedades genéticas terribles: la fibrosis quística y la distrofia muscular.

Jordi González, merecedor de todos los elogios que le han dedicado, conseguía una semana antes en Tele 5 el apadrinamiento de varias decenas de miles de niños cuya posibilidad de llegar a adultos es escandalosamente menor que la de los que se crían con la calefacción y el bistec del primer mundo.

¿Quién puede poner objeciones a causas tan nobles? Sin embargo, no puede negarse que la solidaridad convertida en espectáculo tiene algo de chirriante, encierra una cierta contradicción.

Ser de verdad solidario, tomar una causa ajena como propia, está reñido con sacar beneficio personal, al hacerlo y pienso en personas públicas, ricas o famosas, que al presumir públicamente de generosidad, con el pretexto de dar ejemplo, ganan especies (buena imagen, para entendernos) mucho más de lo que gastan. La solidaridad, para ser tal, no puede ser una inversión.

Nada de esto puede, desde luego, aplicarse a los miles de ciudadanos anónimos que no esperan con su gesto más recompensa que la íntima satisfacción.

Otra cosa es la televisión. No nos engañemos, ninguna apostaría por llevar al plató estas causas justas si el éxito de la recaudación no fuera paralelo al de la audiencia. No importa, quizás estemos ante una de las pocas excepciones en que el fin justifica los medios si estos no sucumben a la impudicia.

Julia Otero
Periodista


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