Editorial del lunes 16 de Septiembre de 2002

Hay un diseñador español poco o nada conocido por el gran público, que ha conseguido, después de su desfile en la pasarela Cibeles, salir en todas partes y que su nombre nos comience a sonar.

David Delfín, proveniente del Circuito de Moda de Barcelona, un chico, parece ser, muy “leído”, que tiene sus referentes culturales en el surrealismo, los cuadros de Dalí, y las películas de Buñuel, provocó un terremoto en Madrid al hacer desfilar a las modelos con capuchas en la cabeza, sogas al cuello, vendas por toda partes, cuerdas y crucifijos, mientras la banda sonora consistía en ruidos de rejas, latidos de corazón y gemidos de placer. Si la visión habitualmente anoréxica de las modelos ya hace cierta angustia, verlas avanzar con dificultades por la pasarela, porque no veían, y con estética de martirologio, no es extraño que indignara una parte del público, y que otros, incluso abandonara la sala.

“El artista”, David Delfín, alega creatividad, apela a la libertad de expresión, y dice que la cultura siempre acaba ganando a la censura...

¿Cultura? ¿Qué cultura? ¿La misma a la que apelan, por ejemplo, los talibanes?

Si olvidamos las evidentes connotaciones machistas del desfile, lo peor de este talento creador del Sr. Delfín es el mal gusto... y sobretodo, la pedantería. Se piensa que citando dos pintores universales, un cineasta y un movimiento cultural ya tiene una coartada intelectual que, además, viste mucho.

Lo mínimo que debería de hacer un tipo que aspira a vivir de las mujeres, es respetarlas. Aunque no le gusten.

Bona tarda. Comença La Columna.


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