Editorial del martes 23 de octubre de 2001

José Luis Sampedro me dijo una vez en una entrevista que no es lo mismo quitar veinte duros a una persona que tiene mil pesetas, que robar un millón a quien tiene mil millones.

No hay indulgencia social para el que roba a los pobres, o los que están en inferioridad de condiciones. Nos repugna, por ejemplo, que alguien estafe al invidente que vende cupones... pero nadie se tira de los pelos cuando a Esther Koplovitz le vacían la casa de obras de arte valoradas en cifras de siete u ocho ceros.

En este paisaje social de fondo, no es sorprendente que las grandes superficies sean víctimas de constantes robos. Las perdidas en España de "El Corte Inglés", "Alcampo", "Carrefour", "Eroski" y compañía ascienden a la cifra espectacular de 250 mil millones de pesetas anuales.

Para llegar a esta cantidad, es evidente que miles de honrados, padres y madres de familia, jóvenes adolescentes, abuelos y abuelas, es decir, toda clase de personas, de todas las clases sociales, son capaces de salir de El Corte Inglés con una aceitera bajo el abrigo, o con un jersey metido en las bragas. Son ejemplos reales y no de los más sofisticados.

Mañana, 900 directivos de grandes superficies se reúnen para hablar del impacto económico de estos megarobos colectivos. Se impondrán más medidas de seguridad. Es el único camino. La concienciación colectiva no parece fácil, por no decir imposible.

Bona tarda. Comença La Columna.


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