Editorial del jueves 15 de Noviembre de 2001

Cada día vemos en "El cor de la ciutat" cómo la Cinta busca desesperadamente al culpable de la muerte de su hija. Cuando pasa una tragedia, cuando nuestras previsiones se rompen inesperadamente, todos buscamos una explicación, y detrás de la explicación, un responsable. Mejor dicho, un culpable. Los manuales de psicología más simples tienen registrado este común y seguramente lógico comportamiento humano.

¿Por qué murieron ayer 19 personas en una carretera en Huelva? El autocar había pasado las pertinentes revisiones, la carretera la acababan de arreglar, la visibilidad era buena, el conductor no había bebido y la velocidad no parece que fuera de 10 o 15 kms por hora más de los permitidos.

Se dice que esto último y una distracción del conductor podrían ser las causas del grave accidente. De hecho, el chófer hasta ayer con curriculum impecable, esta noche ha dormido en comisaría y hoy ha pasado a disposición judicial. No pretendemos ni defender al conductor ni lo contrario, aunque nos imaginamos que pasa momentos desesperados. Como las familias de los muertos, por descontado.

Sólo queremos hacer una reflexión en voz alta: Centenares de pequeñas distracciones se producen cada día sin que hayan consecuencias. Todos hemos adoptado alguna vez conductas más o menos temerarias y no nos ha pasado nada. El día que pasa o nos pasa preguntamos desconcertados ¿por qué? Y la respuesta no siempre está o no nos resignamos a que sea tan simple. El factor humano y el azar no siempre se alían a nuestro favor.

Bona tarda. Comença La Columna.


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