Editorial del lunes 5 de Noviembre de 2001

Son las cuatro y... minutos. A esta hora no hay ni en Cataluña ni en España una sola oficina bancaria abierta. De hecho, hace más de dos horas que han cerrado todas.

Si en lugar de catalanes fuéramos ingleses, franceses, italianos, australianos o turcos, todavía podríamos, a esta hora, ir a hacer cualquier gestión bancaria de las muchas que lamentablemente tenemos que hacer.

¿Se han preguntado alguna vez por qué en un mundo cada vez más abierto y competitivo, con horarios comerciales cada vez más largos, las cajas y los bancos españoles ni se inmutan? ¿Tendrán problemas de solvencia económica y no podrán contratar más trabajadores? ¿Por qué podemos comprar un jersey, una silla, o una docena de huevos hasta las nueve de la noche y en cambio no tenemos más remedio que pedir permiso en el trabajo si queremos ir al banco? El señor que vende huevos sabe que si no se los compramos a él, iremos a la tienda de al lado. La patronal bancaria sabe, en cambio, que por huevos o por lo que sea, nos adaptaremos a lo que decidan. Y si no nos gusta... peor para nosotros.

A estos señores, que viven de lo que gastamos y ahorramos durante las 24 horas del día, hay que recordarles la reciente petición de la Comunidad Europea sobre la ampliación de horarios de cara al euro. Tal vez le hagan más caso a la petición europea que a la OCU, que hace años que pide sin que nadie escuche.

Quien tiene la sartén por el mango y el mango también, escucha esta reivindicación ciudadana fumándose un puro a nuestra salud.

Bona tarda. Comença La Columna.


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