Editorial del lunes 13 de Mayo de 2002

Conciliar la vida familiar, escolar y laboral es muy difícil, mucho. La cosa se ha ido agravando con el paso de los años sin que nadie haga nada de verdad. Socialmente se ha instalado la creencia de que es un mal de nuestro tiempo, fruto de la incorporación de las mujeres al mundo laboral, y se ha impuesto una especie de “laisser faire” contando con que la familia ya se las apañará como pueda en el ámbito privado.

Las conclusiones del informe que el sociólogo Salvador Cardús acaba de presentar, por encargo del gobierno catalán, pide claramente lo contrario: que las administraciones públicas se impliquen y lo hagan con carácter urgente. Cardús apuesta -y lo secundamos- por que nuestro horario laboral se adapte al europeo, es decir, jornada seguida, pequeña pausa para comer, y salida a las 5 de la tarde. Lo que es importante no es estar todo el día en el trabajo, sino ser eficaz y productivo a las horas que toca.

Los restaurantes más caros de la ciudad están llenos aún a esta hora de ejecutivos y cuadros dirigentes de empresas que con la Visa ajena, celebran comidas de trabajo de 3 horas. Estos señores vuelven a la oficina cuando media Europa ya ha recogido, obligando a sus subordinados a eternizar sus jornadas laborales. Claro que estos tipos no tienen ninguna prisa por recoger y llegar a casa: cuanto más tarde lleguen, más avanzada tienen sus mujeres el trabajo doméstico: niños bañados y en la cama, y plato en la mesa.

Las mujeres son habitualmente quienes pagan: dice Cardús que este ritmo de vida es a costa del sobreesfuerzo de las madres, de la entrega de las abuelas, y de la frustración de todos.

Pongámonos manos a la obra y seamos europeos en alguna cosa más que en el monedero.

Bona tarda. Comença La Columna.


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