Editorial del lunes 11 de Marzo de 2002

La democracia de los países occidentales no es perfecta. Pero es el sistema político menos imperfecto que conocemos. Estamos de acuerdo. Dicho esto y teniendo en cuenta que tenemos la suerte de vivir en países donde la opinión es libre, aunque a veces se paga caro, es lógico, razonable y saludable que la gente se manifieste cuando una causa lo requiere. A veces, parece que los políticos sólo quieren que vayamos a votar cuando toca y que después no les molestemos. El famoso pensamiento único se basa en el hecho de que no hay alternativas; la política que se hace es la única posible, por eso los que protestan y piden otra manera de hacer, o son iluminados o son locos o manipulados y, en cualquier caso, personas sospechosas y, hasta, peligrosas.

¿El mundo va tan bien (no hay injusticias ni desequilibrios) que la población civil sólo puede aplaudir encerrada en casa delante de la tele?

Hoy comienza en Barcelona la semana de la cumbre, es decir, la semana del caos circulatorio y los atascos, porque en la calle, básicamente, se habla del tráfico, no de Europa. Los señores más importantes del continente se encerrarán en la Diagonal para decidir cosas que nos afectan a todos, y querrían que nadie de fuera no tuviera nada que decir. Amén.

Pero, hay miles de personas que quieren, esperan que impecablemente y cívicamente, decirle la suya. ¿Iluminados? Sólo quieren un mundo mejor, más solidario. El radicalismo utópico no puede gobernar, estamos de acuerdo, pero históricamente, sin este radicalismo y sus sueños colectivos, no habríamos conseguido precisamente que nuestro mundo sea el menos malo de los mundos. La gente pacífica en la calle siempre impresiona a los gobernantes y los contiene.

Bona tarda. Comença La Columna.


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