Editorial del martes 5 de Marzo de 2002

Hace 10 años, el Tribunal Supremo irlandés permitió que una niña de 14 años, embarazada a causa de una violación, pudiera abortar.

La indulgencia del tribunal no se produjo ante el repugnante delito de la violación que provocó el embarazo, sino por el hecho de que la niña amenazase con quitarse la vida si la obligaban a ser madre.

Hace 5 años, otro tribunal, basándose en la sentencia anterior, permitió también el aborto de otra niña de 13 años, embarazada de un familiar que hacía tiempo que abusaba de ella. Los impulsos suicidas de la adolescente conmovieron finalmente a los jueces.

Y es que, en la muy católica república de Irlanda, el país más restrictivo en materia del aborto en el mundo desarrollado, no consideran ni la violación ni las malformaciones del feto como causa de interrupción del embarazo. Sólo en un caso es legal: cuando implica la muerte natural de la madre.

Un suicidio lo es y por eso, en las dos ocasiones que les hemos explicado, se hicieron las excepciones.

Pues bien, mañana, el gobierno hará un referéndum para intentar hacer desaparecer esta posibilidad, y endurecer, aún más, las circunstancias y las penas de prisión. Si una chica embarazada amenaza con suicidarse, que se mate (una buena manera de salvar la vida del nuevo recién nacido), y cualquiera que ayude a practicar un aborto, que se enfrente a 12 años de prisión. ¿Sabemos qué pena tienen los violadores en Irlanda? 7 años.

Mañana, los irlandeses votarán, dirán sí o no a las propuestas del primer ministro, hombre de profundas convicciones religiosas.

Talibanes, hay por todas partes. Curiosamente, todos se parecen en una cosa: hacer la vida imposible a las mujeres.

Bona tarda. Comença La Columna.


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