Editorial del martes 22 de Enero de 2002

Una mañana, en Castelldefels, Adolfo Marsillach cogió un taxi, acompañado de Amparo Rivelles. La noche antes habían representado "Una noche con los clásicos" y regresaban a Madrid.

"¿Usted es Marsillach?", le preguntó el taxista. "¡Qué extraño!" Acabo de escuchar por la radio que estaba muy grave", dijo el taxista. Era el año 1996. 

Marsillach explica esta historia en la última página de su magnífico libro de memorias. También dice que no quería que ninguna tertulia se le adelantara, que no quería regalarle a nadie la primicia de su muerte. Y lo ha conseguido, nadie sabía, más allá de su entorno, que Marsillach se estaba muriendo.

"¿Qué mal puede hacerme la muerte, además de matarme?" Se preguntaba con la ironía que impregnaba todo lo que decía. "Ninguno", contestaba.

A pesar de que el título que escogió para estas memorias comenzadas a escribirse cuando le diagnosticaron el cáncer, es "Tan lejos, tan cerca", Adolfo Marsillach ha sido siempre el humanista próximo, capaz de comunicarse con cualquiera. Era un erudito nada pesado; un sabio que hacía ver que no sabía lo que sí que sabía.

No quería homenajes, y además, como alguien lo ha hecho notar, ha tenido la elegancia de morir un lunes, el día de fiesta de su querido teatro.

Bona tarda. Comença La Columna.


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