Editorial del jueves 17 de Enero de 2002

Dice el tópico que España es un país de grandes enterramientos, es decir, un país dado a homenajear a póstumos y hacer alabanzas generosas, en cambio, se administran en vida con cierta tacañería, si no son negados sin contemplaciones.

La muerte esta mañana de Camilo José Cela no tenía que ser ninguna excepción. Adjetivos grandilocuentes, sentencias bien intencionadas como tópicas, calificaciones superlativas... De todo, hemos oído en las últimas horas respecto a la figura del escritor gallego.

Nadie duda que su pluma es una de las cuatro o cinco mejores del siglo XX, más hacia la mitad que no hacia el final, pero, en todo caso, la obra de un artista, ni que sea la de un genio, no lo redime de otras amenazas en el terreno personal o de las opciones.

Cela ha sido una persona de verbos contundentes y claros, que no siempre han reflejado papeles que todo el mundo pueda compartir.

Su hijo, Camilo José Cela Conde, alejado desde hace tiempo de su padre, ha dicho esta mañana que prefiere recordar el padre que él conoció durante los 42 años que vivieron juntos en Palma de Mallorca. Desde el punto de vista literario, también aquél es el Cela que tiene un lugar de honor en las letras españolas y merece ser recordado para siempre.

Bona tarda. Comença La Columna.


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