Editorial del jueves 10 de Enero de 2002

En Kenia ha pasado una historia de aquellas que no está escrita en ningún lugar que pueda pasar.

En el parque natural de Snaburu, norte de Kenia, una leona adoptó una pequeña cría de antílope, abandonada por su madre cuando huía, precisamente, de las garras de una manada de leones.

El instinto maternal de la leona hizo que se compadeciera de aquel pequeño bambi y lo protegió y mimó, siendo incluso su enemigo, según la ley natural.

Los turistas y guardianes del parque asistieron perplejos a una especie de amor filial tan excepcional como condenado al fracaso. Quince días después, la insólita madre leona del antílope no pudo evitar, en un momento de distracción, que uno de los suyos, es decir, un león, devorase su hijo adoptado.

Es una bonita historia de amor, pero también una metáfora triste de la realidad: se puede luchar contra la naturaleza de las cosas, pero tarde o temprano se impone.

De alguna manera, todos los proyectos humanitarios que, con buena voluntad y mala conciencia, desarrollan los países ricos con los débiles, tienen la misma suerte. Hacemos un momento de leona, pero después la selva vuelve a devorar al antílope.

Bona tarda. Comença La Columna.


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