José María García Aranda por Julia Otero

Licenciado en educación física y profesor de fútbol en el INEF, José María García Aranda será el único árbitro español que pitará en la Eurocopa. Atrás quedan méritos indudables, como el de ser el primer compatriota que estuvo en tres encuentros de un Mundial. Reclama la categoría de deportista de élite -entrena dos horas, seis días a la semana-, aunque sabe reconocer el papel del colegiado: la discreción. Tiene fama de enérgico, firme en sus decisiones y hábil para imponer autoridad. A mí me pareció un tipo afable y simpático.

¿Cómo se llega a ser el árbitro español de bandera?

El arbitraje es una carrera de resistencia en la que hay que ser obstinado e incluso un poco cabezón.

Su forma física es evidente, pero, cuénteme, ¿cómo entrena el espíritu?

La preparación psicológica, hoy es lo más importante. Los medios hablan de un encuentro días antes de que se produzca y siguen haciéndolo días después. Hay que aprender a soportar y conducir la presión.

¿Trabajan ustedes con los mimbres del estoicismo?

[Risas]. Efectivamente. Hay una selección natural que, cuando se empieza, pasa por el físico (salir íntegro de un campo pequeño no es fácil), y a medida que se asciende de categoría, toca el aspecto psicológico.

¿Y qué es peor, el botellazo o que le hagan sentir a uno un miserable?

Lo segundo, indudablemente. El daño es más profundo. Pero hay que hacer respetar las reglas independientemente de que a un equipo le arropen 100.000 espectadores y la prensa, mientras que el otro está solo en el campo.

Por cierto, ¿con qué ánimo salió a Riazor el último día de la Liga, sabiendo que aquella afición llevaba seis años esperando el título del Depor?

Esos partidos tienen responsabilidad añadida porque todo dependía de esos 90 minutos. Pero uno no debe sentirse agarrotado.

Como usted es madrileño, se le suponen los colores; bueno, el color más bien...

[Risas]. Yo tuve una educación muy especial. Mi padre, que también fue árbitro, me llevaba de niño a ver, por la tarde, al Madrid o al Atleti, y por la mañana, al Rayo o al Castilla. Me crié en la objetividad y el amor al fútbol.

Pues yo hubiera jurado que eso es incompatible...

Es difícil porque la pasión es lo que mueve el fútbol, y la pasión es ciega. Pero un árbitro no se la puede permitir.

En la vida, a menudo nos equivocamos por miedo a equivocarnos. ¿Un árbitro también?

Ésa es la gran lucha: sentirse atenazado por el miedo.

Al llegar a casa ¿deben recordarle que no está trabajando?

En absoluto. [Risas]. Los que debemos tomar tantas decisiones dejamos que en casa las tomen otros.

He preguntado sobre usted a mis colegas de deportes. Me han dicho: se le ha atemperado el carácter, ya no da la nota. ¿Antes la daba?

Es que cuando uno es joven es más impulsivo. El tiempo y la experiencia dan templanza. Se pierden las ganas de demostrar incluso más de lo que uno está obligado.

Mire, no puedo más, se lo pregunto: ¿no es una perversión dedicarse a algo cuyo máximo premio es que nadie se acuerde y el castigo más frecuente ser insultado?

Eso nos lo preguntamos nosotros muchas veces, y hay momentos en que no es fácil encontrar la respuesta. La gracia reside en saber que en tus manos y tu fortaleza está poder ejercer justicia.

Eso me suena a erótica del poder...

Bueno, es la responsabilidad del poder, sí. No hay otro aliciente, ni material ni en forma de reconocimiento popular. No se conoce a un árbitro, por bien que lo haga, que se haya convertido en un héroe.

Al contrario, hay mucho villano histórico, ¿no?

Es un calvario pasar a la historia por un solo momento, y habiendo intentado hacer lo correcto.

¿Qué le enviaría por Navidad al inventor de la moviola?

[Risas]. Tal vez un vídeo de su vida en moviola.

¿Y cuando uno debe admitir ante el vídeo que, como se dice técnicamente, "la ha cagado"?

Hay un sentimiento de impotencia y de profundo desagrado.

¿Hay buenos actores entre los futbolistas?

Algunos son casi perfectos. El concepto de deporte está desapareciendo frente al de negocio y espectáculo. Antes, sus propios seguidores exigían limpieza a un futbolista. Ahora se quiere ganar como sea, y, claro, vale todo, incluso las acciones antideportivas. Ya nadie pide juego limpio.

¿Y cómo se infunde respeto a 22 recipientes de testosterona?

Los jugadores intentan ver hasta dónde pueden llegar cuando el árbitro acaba de ascender de categoría y es un desconocido. Con los veteranos ya conocen los límites.

¿Le parece razonable que los árbitros cobren derechos de imagen aunque nadie vaya a verlos a ustedes?

Pero, por suerte o por desgracia, nos ven mucho. Tenemos nuestra cuota de pantalla.

En el trabajo está siempre rodeado de 22 multimillonarios. ¿Cómo lleva el agravio comparativo?

Hay que llevarlo bien. Con envidia no se podría arbitrar.


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