Luis Llongueras por Julia Otero

Le divierten sus imitadores -"si me río yo, cómo me va a molestar que se rían los demás"-, pero poca broma con este hombre que empezó montando una peluquería en su habitación -"por la mañana se plegaban las camas y se ponían los secadores"- para peinar a las clientas que su padre, modista, vestía en casa. Hoy, atiende a 650.000 personas en los 87 salones LIongueras repartidos por el mundo, en los que trabajan 1.200 personas. Se considera feminista, simpático, feo y carismático. Trabaja en su biografía y prepara una exposición escultórica sobre las esferas. Todo parece salirle redondo.

¿Qué se considera a sí mismo?

Peluquero y escultor. De ambas cosas vivo, y por las dos pago impuestos.

¿De qué se supone que informan los pelos de una persona?

De su mentalidad. Se sabe si es una persona clásica, atrevida, agresiva; si está integrada socialmente o, al contrario, está en contra de lo establecido.

¿Adivina qué vida lleva una persona, por ejemplo, por sus mechas?

Un peinado ayuda a dar la imagen que queremos, se corresponda o no con la realidad. Algunas llevan cabello de mujer fatal y no lo son, pobres. Es una ilusión. Y otras, muy discretas, llevan unas vidas impresionantes.

¿Y los hombres? ¿Se nota en el salón de belleza su actual confusión existencial?

Se están desencorsetando. Y procuran gustar a las mujeres. Antes, por depilarse las cejas, ya temían ser considerados homosexuales. Hay que ayudarles a comprender que si quieren hacerse los machos, en lugar de obsesionarse por aparentarlo, tienen que demostrarlo en la cama.

¿Qué pistas da a su pareja la persona que cambia su imagen?

El mayor cambio es cuando ya se ha roto la pareja. Las mujeres, y también los hombres, llegan hundidos y desean no parecerse a quienes han sido mientras duró la relación. Quieren ser y parecer otros.

En una reunión de hombres, ¿a usted le queda otra alternativa que aburrirse?

Ninguna (risas). Sólo hablan de fútbol, dinero, poder. Y de mujeres, pero mal, sin respeto, como si fueran objetos. Las mujeres tienen más vida interior y, por tanto, una conversación más enriquecedora.

¿Qué le cuentan a usted?

Muchas cosas. Como ya nadie va al confesionario ni en España hay tradición de ir al psicólogo, si, encima, no pueden contarle nada al marido, acaban contándole sus problemas al peluquero por necesidad. A mí, desde joven, me ha tocado hacer de consejero.

¿No me diga que ha ayudado a liberar a mujeres que no sabían que estaban oprimidas?

Desde luego. Estoy marcado desde muy joven por mi relación con ellas. A los 17 años, cuando peinaba a domicilio, me encontré en muchas camas de mujeres maduras que me conquistaron. Empecé a darme cuenta de que estaban profundamente insatisfechas, sus maridos no les daban nada.

¿Y usted las despeinaba?

(Risas). Me hicieron hombre en una época en que no se podía ni besar en la mejilla a una chica. La ocasión la propiciaba que yo fuera a sus casas. Se aprovecharon de mí, y yo, encantado. Hasta que un lunes no me pude levantar de la cama de puro agotamiento.

¿Y?

Piense que, entonces, un hombre no podía negarse en ningún caso. Al contrario, la mayoría debía pagar para conseguirlo. Así que a los 23 decidí buscar una chica para casarme y cambiar de vida.

¿Le acomplejó alguna vez su voz?

No. Una vez fui a una logopeda y me dijo que era debido a la posición de mis cuerdas vocales. Me contó que una pequeña intervención cambiaría mi voz pero, entonces, Ya no sería la mía. Me di cuenta de que tenía razón: soy yo y soy así. Tengo esta voz porque quiero.

¿Cómo se aguanta una multinacional por los pelos?

El truco está en la base humana. Todos se han formado en casa y han aprendido la filosofía Llongueras. Sé que no debiera decirlo yo, pero para los mejores peluqueros jóvenes del mundo soy un mito. Hay quien viene de Nueva York a cortarse el pelo a casa.

¿Podría contar, a diferencia de Rockefeller, cómo ganó el primer millón? Ya sabe que él decía que, salvo eso, podía explicar como alcanzó el resto de su fortuna...

Desde luego que puedo (risas). Conseguí un crédito en una época en que no se concedían. Hice al banco un informe tan minucioso que me dejaron 150.000 pesetas en el año 56. No tenía ni 20 años.

¿Cómo convenció a la reina Sofía de que debía abandonar los rulos?

Por teléfono. Rogué que se dejara peinar por nuestra estilista de modo distinto, aunque respetando absolutamente su estilo. Hace 20 años, claro. Y es tan educada que aceptó.

En cambio, a Dalí se los puso.

Aquello fue un reto (risas). Le dije: ¿a que no se atreve a ponerse rulos? Se los puse y se hizo la foto. Era una persona normal que se convertía en el personaje Dalí cuando entraba por la puerta un periodista.

¿Y cómo sé yo que no me está haciendo lo mismo?

(Risas). No, yo no sé mentir.


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