Michel por Julia Otero

José Miguel González fue hasta los 12 años un niño gordito, "no tuve ningún complejo", al que rebautizaron con el alias de Michel (por Michelín). A los 37 años recién cumplidos recuerda, con la ilusión de un niño y la pasión de un enamorado, los gozos y las sombras del fútbol, al que ahora se dedica corriendo detrás de las palabras como comentarista y articulista. Parece un tipo sensato y lúcido. Por eso, seguramente, la FIFA le ha nombrado embajador de Aldeas Infantiles SOS.

¿Cómo debo llamarle? ¿José Miguel o Michel?

Desde pequeñito, todo el mundo me llama Michel, incluso mi mujer. Hay gente que para hacer ver que me trata con confianza me llama Miguel. Meten la pata, claro.

¿Qué hace en Aldeas Infantiles?

Ayudar a acercar el fútbol a la infancia y la juventud, como forma de inducirles a la práctica del deporte.

¿Qué le hizo sentir la necesidad de hacer algo por los demás desde una ONG?

Fui consciente de las abismales diferencias sociales cuando estuve jugando en México, en Celaya. Aquella experiencia fue cruda, ver con qué poco se conformaban aquellos niños.

¿Y no había tenido hasta entonces conciencia social?

No es fácil, viviendo en una gran ciudad como Madrid y en una profesión que te aparta de la realidad. Allí, en cambio, veías en cada esquina un niño como el que tú llevabas sentado en el asiento de atrás.

Algunos niños de esos han sido luego los mejores futbolistas de la historia. ¿Enloquece cambiar la miseria por la gloria en apenas unos años?

Seguro. En cuanto llegan arriba, dejan de controlar la situación, no dan importancia al dinero porque creen que nunca se acabará y, lo que es peor, todos los que les rodean se aprovechan de eso.

¿Qué solución propone?

En este mundo del fútbol, socialmente tan imperfecto, se desatiende la formación del individuo. Antes que futbolista hay que ser persona.

Si la FIFA le ha escogido, será por vida ejemplar. ¿Públicas virtudes, vicios privados?

Las estrellas del deporte deben saber que, por la explosión mediática, todo lo que dicen y hacen tiene proyección social, sobre todo para los más jóvenes. Es una responsabilidad añadida de la que nadie te avisa.

¿Qué sintió cuando vio las últimas imágenes del dios Maradona en Cuba?

Rabia. La gente que ha ganado dinero y fama a su costa no ha sabido hacer otra cosa que aprovecharse de él. Su tragedia es no haber tenido amigos.

Usted fue un excelente futbolista, ganó dinero, tuvo mucha proyección social. Y encima, como hombre, es un trueno. ¿Quién lo agarró por la solapa y lo puso en su sitio?

Nuestra quinta era gente muy normal y, sobre todo, teníamos una ilusión por jugar al fútbol muy superior a la de ahora.

¿Nadie de su entorno le ha decepcionado?

Sí, pero esos me han costado poca cosa, sólo dinero. Y ¿hay algo estás triste para un hombre que tener un precio que se mida en pesetas?

A su edad, un escritor puede ser "joven promesa". ¿No añora un oficio menos ingrato con el paso del tiempo?

Reconozco ser un jubilado [risas], pero también haber tenido en la 
vida mucho más de lo que esperaba. Vivir del fútbol ha sido para mí como recibir a los Reyes Magos cada día.

¿Sueña aún por las noches con goles y regates excelsos?

Cada día [risas]. Daría todo lo material que tengo por regresar al punto de inicio y volver a sentir los momentos vividos.

Ahora escribe y habla sobre fútbol. ¿Qué tal juez es el que ha sido parte?

Procuro no agredir moralmente a ningún compañero porque sé lo crucial que es, a veces, una crítica negativa.

Usted querrá, como todos, ser entrenador, supongo.

Prefiero seguir siendo independiente. Ahora los directivos, más que ilusión por el fútbol, buscan una profesión. No escatiman en esfuerzos, pero tampoco en dureza y falta de sentimientos.

Dígame algo bueno de Anelka...

Es un excelente jugador. Salió de los barrios más pobres de París y ahora, sin madurez, se encuentra en una situación económica privilegiada. El Madrid ya sabía cómo era, pero no hizo nada para orientarle.

¿Cómo calificaría el amor de la afición?

Es un amor práctico: si eres bueno, te quieren, y si juegas mal, te detestan. Otra cosa es el amor al club.

En la memoria colectiva de este país figura una imagen suya junto a la de un jugador del Valladolid. ¿Le toca eso los mismísimos?

Ya ve, una anécdota sin más [risas], pero en aquel momento era muy fácil meterse conmigo. Me empezaron a llamar maricón en los campos. Los que creían que así me insultaban no sabían que, en realidad, se estaban calificando a sí mismos.


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