Mariano Barbacid por Julia Otero

En un hombre con autoridad moral para cantar las verdades a granel, sorprende la cautela y prudencia con que escoge las palabras, su preocupación por no molestar. El maltrato histórico que España ha dispensado a talentos como el suyo, no impidió a Mariano Barbacid regresar de EE UU, hace dos años, para crear el Instituto Científico Nacional de Oncología. Su vocación tozuda lucha ahora contra la inercia de un país "sin ninguna tradición científica".

¿Tiene ya suficiente perspectiva para saber si se equivocó cuando decidió volver a España?

De momento, creo que he acertado, aunque deben cambiar algunas cosas, sobre todo, en lo concerniente a la inversión en investigación.

Deduzco que "no vamos a más"...

El presupuesto de este año del fondo de investigación sanitaria es el mismo que yo tenía en EE UU para un departamento de 130 personas. Así, la investigación es difícil que despegue en España.

¿No le desgasta invertir tanto tiempo en reclamar lo obvio?

Es frustrante, sobre todo cuando uno viene de EE UU, donde no hay que explicar a nadie la importancia de la investigación. Pero estaba prevenido. España no puede quedar atrás, o nos convertiremos en un país de servicios, dicho con todo el respeto, de camareros.

¿Ha descubierto el gen nacional que explique esto?

España no ha hecho ciencia desde que expulsó a los judíos. Entre los mil avances de la ciencia de los últimos cien años, sobran dedos de una mano para contar los de españoles.

¿En qué ha notado la sanidad española la creación del Instituto Nacional de Oncología?

No hay resultados tangibles porque el centro, como tal, aún no existe. La comunidad oncológica sólo ha recibido, de momento, el impacto psicológico.

La alegría con que los medios cuentan a veces los descubrimientos científicos se da de bofetadas con la cautela que gastan ustedes.

Los científicos tenemos que ser en esto muy conservadores, y los medios deben intentar transmitir la información lo mejor posible. No todo el mundo comunica bien ni todo es comunicable.

¿Es una temeridad dejar en manos de los periodistas la divulgación científica?

En los últimos años se ha mejorado considerablemente en España en la información de estos temas. Hay que pulir los titulares, eso sí.

La cirugía que conocemos, ¿llegará a considerarse un procedimiento rudimentario y agresivo, similar a lo que hoy pensamos, por ejemplo, de las sanguijuelas?

Los avances tecnológicos han conseguido que los procedimientos sean cada vez menos invasivos, pero siempre habrá que entrar -no sé si abriendo o no- en el cuerpo si hay que sacar un tumor.

¿Debe vigilar la sociedad a la comunidad científica, o se vigilan ustedes solos?

El nuestro es un mundo que se autorregula. Hay muchos grupos trabajando en cosas parecidas, y si alguien cuenta una mentira, se delata enseguida. Lo que decimos es medible y demostrable; hay, pues, menos falsedad que en otras actividades.

Pero las verdades científicas son, casi siempre, provisionales...

Y asumimos esa provisionalidad. Lo que decimos es verdad ahora. La variable es el tiempo: lo que hoy pensamos puede demostrarse mañana que era un error.

¿Hablamos de la élite? ¿Cómo abrir caminos al talento individual antes de ser engullido por el grupo?

La educación no debe ser de élite, pero la ciencia sí. Hay que financiarla y apoyarla, porque esa élite es la que tira de la masa. Eso sí, hay que exigirle resultados, que devuelva después a la sociedad lo que ha recibido.

La obsesión de la clase media española por llevar a sus hijos a la Universidad, ¿es común en otros países?

Lo malo de España es que todos los títulos valen lo mismo. En la masificación se esconden los inútiles. Eso no ocurre en Estados Unidos. Allí, el 50 % tiene título, pero un doctor por Harvard no es igual que el de un college de Alabama.

Le supongo al tanto de la leyenda que le rodea: frío, exigente, pragmático.

Es cierto, soy así. Me muevo en un entorno en que todo eso es necesario.

¿Hay alguna novela de la que haya aprendido algo fundamental?

Me da vergüenza decir que he leído muy poca novela.

El norte de su vida siempre ha sido la ciencia, ¿pero el sur también existe, no?

[Risas]. Me considero afortunado por trabajar en lo que me gusta.

Un mensaje para un joven estudiante, hijo de obrero como usted, apasionado por la ciencia.

Que esté muy seguro de lo que quiere, porque es un camino duro; las posibilidades de triunfar, escasas, y la satisfacción nunca será económica.


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