Antonio Miró por Julia Otero

Nadie cuestiona su genio para vestir al hombre. Por eso el mundo le pisa los talones y le copia a la misma velocidad que él crea. Antonio Miró, cansado del plagio por lo que tiene de redundante, dice vivir un momento "interesante", una forma elegante de salirse por arriba. En lugar de reprochar y señalar con el dedo, apuesta por huir de sí mismo para así escapar también de los demás. Busca nuevos caminos que lo alejen de los parásitos de la moda. Suerte que "el ser humano se cansa de todo".

Dicen los expertos que una prenda Miró de hoy, o hace 20 años, se distingue a la legua. ¿En qué cree delatarse?

Ahora no es tan fácil distinguir, por eso necesito buscar algo nuevo. He sido muy copiado.

¿No le consuela pensar que los que copian multiplican los errores del original?

Me obliga a evolucionar. En este momento debo ir en contra de mí mismo, aplicar un dicho que me gusta: ¡pobre del que no va en contra de lo establecido!

Si le diera 100 millones, ¿crearía una prenda en la que en lugar visible se leyera Antonio Miró?

No. En la primera línea -hay una segunda para jóvenes, comercial- soy incapaz.

¿Se le ocurre algo bonito de quienes pagan fortunas por llevar el nombre de otro encima?

Siempre me ha parecido mal.

Propone hombres con medias de lana, pantalón corto, con collares, ¿qué pensaría de su médico de cabecera si fuera a visitarle así a casa?

El pantalón corto y el calcetín grueso hasta la rodilla lo he sacado de un libro sobre el primer hombre que subió al Himalaya. No creo que haya hombre más hombre que éste.

¿Por qué el hombre es tan cobarde para incorporar cambios a su ropero?

Es una equivocación histórica: el hombre se toma demasiado en serio a sí mismo. La mujer, en esto y otras cosas, lleva mil años de adelanto.

Dicen: "El hombre anda despistado" ¿La moda le añade confusión o le muestra el camino?

La moda sólo propone, no resuelve problemas metafísicos.

Me encantaría sentarme con usted en la sala del puente aéreo. ¿Conoce un lugar donde el uniforme sea más rígido?

A la gente le gusta parecerse a los demás, la uniformidad les hace sentir más seguros.

Entremos en el Congreso de los Diputados. ¿Qué le dicen las ropas de sus señorías?

Si el vestido es un lenguaje y en el Congreso van todos vestidos iguales, habrá que pensar que, aunque digan cosas muy distintas, van al mismo sitio, están tramando lo mismo.

¿Me está diciendo que nos engañan hasta cuando están callados?

A mí me encantaría que el político fuera vestido como piensa. Un cantante de rock, un publicista, un ejecutivo... visten, dicen y piensan cosas distintas.

Alfonso Guerra me contó su teoría sobre los que llevan pañuelo en el bolsillo a juego con la corbata. ¿Hay alguna prenda que delate per se el mal gusto?

No. Lo divertido de la moda es que lo que ayer era de mal gusto hoy es de buen gusto.

Todos vamos disfrazados de lo que los demás esperan de nosotros. Usted, por ejemplo, ¿es libre para ponerse un traje clásico y corbata?

Lo hice en la boda de un pescador. No lo haría para pedir un crédito, por ejemplo. Cada uno debe vestirse de lo que es, lo contrario resulta ridículo.

¿Qué añade la ropa a un cuerpo deseable?

Depende de lo que piense ese cuerpo. Alguien agraciado y bien vestido, si piensa tonterías, a mí se me hunde. Lo que atrae, al final, es la inteligencia.

Es una lástima que muchos hombres piensen exactamente lo contrario...

Pues un cuerpo sólo deseable se aborrece mucho antes que uno imperfecto de alguien inteligente.

Un hombre vestido por Miró gusta a muchas mujeres, pero una mujer vestida por usted gusta a menos hombres. ¿Me acepta la conclusión?

Es que soy mucho mejor en hombre que en mujer. A lo mejor porque me gusta más desnudarlas que vestirlas (risas). No soy gay, éste es mi fallo. El gay entiende mejor a la mujer. Al hombre lo visto sin ningún esfuerzo, con la mujer reflexiono más y me equivoco más.

¿No será que hay mucho manolazo camuflado que nos quisiera siempre escotadas, ceñidas y en tacones?

Yo veo a la mujer como un igual. Por respeto no quiero vestirla con un lazo y un escote, como para venderla. La mujer, durante el día, mientras trabaja, no tiene por qué preocuparse por gustar, sino por lo que está haciendo. La noche es distinta. Yo soy un diseñador de día: me levanto temprano y me acuesto pronto.


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