Adolfo Marsillach por Julia Otero

En tiempos de trivialidad da mucho gusto conversar con un tipo como él. Marsillach es una madeja llena de cabos ("me encanta parecer complicado") que nunca se deshace del todo de su piel de actor, o sea, de seductor. Confiesa haber tenido todas las enfermedades propias de todas las edades ("a mí siempre me ha dolido algo"), pero también es verdad que a todas venció salvo a la del teatro. Por eso empieza el siglo sobre un escenario representando ¿Quién teme a Virginia Woolf? junto a Núria Espert. ¿Quién podía negarse?

¿Qué descubrimiento o revelación le ha devuelto al escenario después de 17 años?

No ha habido caída del caballo, sólo un reto frente a mí mismo. Quería saber qué quedaba en mí del actor que empezó a trabajar a los 18 años.

¿Qué frase, prestada por algún personaje, usa a menudo en la vida?

Una de un espectáculo que hice sobre Sócrates que decía: "Es mejor sufrir la injusticia que cometerla". No la sigo al pie de la letra siempre, pero procuro aplicarla.

¿Cómo conviven en los camerinos dos bestias como usted y Núria Espert después de haberse zarandeado en el escenario?

Hay una distorsión publicitaria, un morbo desde el principio. La obra puede ser un duelo interpretativo, pero nada más. Nuestra amistad se ha consolidado para siempre. Ella no se plantea estar mejor que yo, ni, por supuesto, yo mejor que ella.

Como en la obra que representan, ¿qué pareja no ha aprovechado la presencia de terceros para ajustar cuentas?

Las parejas se reúnen a cenar para decirse lo que no se dicen en casa. Parece como si las cenas propiciaran la impudicia, la ruptura de las reglas de educación que imperan en los domicilios.

Sin la dialéctica hombre-mujer, ¿qué quedaría de la historia que conocernos?

Nada.

¿Se habría ahorrado el mundo muchos muertos si algunos tipos hubieran tenido más éxito con las mujeres?

Seguro. Una persona normal, entre desencadenar una guerra o conquistar a una mujer no tendría duda. Se ha hablado de los problemas sexuales de Hitler, de los posibles de Franco.

¿Y usted? ¿Me reconocería que alguno de sus méritos profesionales fue alimentado por el deseo de una conquista personal?

Yo todo lo he hecho por las mujeres. Detrás del deseo de hacer una obra, de demostrar el talento... , estaba el deseo de demostrarle a una mujer de lo que yo era capaz.

Nunca he entendido que un hombre inteligente y sensible confiese sentir miedo a las mujeres...

[Risas] Yo sentía el miedo a ser destruido porque sabía que las mujeres podían acabar conmigo si se lo hubiesen propuesto. Ese abismo me ha atraído casi de forma inconfesable.

Qué es el amor, entonces, ¿un combate de boxeo, una infección, una equivocación?

Enamorarse es de las pocas cosas que dan sentido a la vida; es decir, el amor no es una equivocación ni cuando sale mal. Yo he tenido finales desastrosos, pero nunca me he arrepentido de haber empezado.

Usted presume de decir lo que quiere, pero eso no significa decir lo que piensa...

En general coincide, y cuando no es así, no lo hago por aliviar, sino para molestar.

¿Qué significa hoy, empezando este siglo, la palabra compromiso?

Yo me sigo sintiendo comprometido con ciertos principios generales. Me sublevo ante los que dicen que el actor no debe tener ideología, que es sólo un mercenario. Yo hago obras con las que creo que puedo influir en los demás, incitarles a la reflexión.

¿Qué relación hay entre banalidad y mediocridad?

Muy estrecha. Los mediocres pervierten la sociedad porque cambian el orden de los valores. Vemos en primer término conceptos y personas que deberían estar en segundo, tercero o último plano.

Gassman me dijo una vez que un actor, cuanto más idiota, mejor para el director.

Tiene razón, un tonto no tiene el menor problema en meterse en un personaje; se le dice: "Ahora llora porque se ha muerto tu padre", y llora. El actor inteligente, en cambio, pregunta siempre: "¿Por qué?".

Pero usted prefiere dirigir al que pregunta antes que al tonto, ¿no?

Depende. Una vez trabajé con un grupo de actores que preguntaban tanto que no se podía trabajar, no podíamos llegar a acuerdo alguno.

A lo mejor eran idiotas tratando desesperadamente de demostrar lo contrario.

No sólo eso, eran mala gente. En cambio hay actores más lineales con los que se trabaja muy bien.

El público ha vuelto al teatro, ¿de qué tuvo que hartarse antes?

De las imágenes enlatadas. El público quiere volver al hecho vivo, al factor humano. Es el regreso al arte como peligro.

Hay quien pierde hasta cuando gana, y viceversa. ¿En qué circunstancias se reconoce más?

Yo adoro a los perdedores porque son más literarios, pero yo soy un ganador. A pesar mío, gano hasta cuando pierdo.


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