Ana María Matute por Julia Otero

Sus alumnos de la Universidad de Virginia decían que su literatura era, como aquel famoso grito de Bruce Springsteen, una forma de manifestar la disconformidad con el mundo. El Boss le dedicó después aquel disco, un mimo más de los muchos que los norteamericanos le regalaron antes de que España se enterase del todo de quién era Ana María Matute. En breve aparecerá su próxima historia, otra vez a vueltas con lo mágico, y pronto se cumplirá su segundo aniversario como miembro de la Real Academia.

¿Cómo le tratan esos señores tan circunspectos de la Real Academia?

Hay algún fósil, es verdad, pero no los trato. En cambio, hay mucha gente abierta, joven, con otra mentalidad... Me tratan como si fuera uno más, pero yo misma entre tanto señor me siento un poco florero, un poco Blancanieves.

En 300 años, tres mujeres en la Academia. ¿Es exceso de optimismo considerar el siglo XX como el de la revolución de las mujeres?

Tengo la impresión de que esto va a cambiar mucho. Hay mujeres que son infinitamente mejores que algunos de los académicos y les ponen cortapisas. Al talento hay que darle oportunidades.

Los hombres dicen a menudo. "¿Qué querrán las mujeres?" ¿Qué queremos?

¡Ay, cojon... !, perdón. ¿Qué vamos a querer?, lo mismo que ellos: que se nos reconozca como lo que somos, seres pensantes.

Y lo que ellos quieren, ¿debemos dárselo?

Depende. En el fondo hay una falta de solidaridad con la mujer. Queda mucho por hacer.

Me dijo una vez que el amor es una "extraordinaria equivocación"...

El amor no es el estado perfecto, pero es el que te hace ir más allá de ti mismo. Cuando amas eres mejor, más solidario.

Pavese decía que es fácil ser bueno cuando no se está enamorado...

Todo lo contrario. Eres más generoso, el paisaje es más bonito; la hierba, más verde; el mar, más mar. Cuando yo me enamoré de verdad -otras veces fueron sólo aproximaciones- sentí como si el mundo se hubiera encendido.

¿Todos estamos dotados para la pasión?

No. La mayoría se muere sin haber encontrado al otro. Cuando aparece surge la chispa, el relámpago, la tormenta. El amor, como la amistad, no puede buscarse, se encuentra.

Los cuentos de hadas, ¿no han hecho bobas a millones de niñas?

Si han leído los auténticos, más bien las han hecho listas.

No me diga que Caperucita no es de bofetón...

¡De patada en el culo, incluso! Pero es que en el cuento queda claro que es completamente imbécil.

¿Y la Bella Durmiente, cien años esperando que un beso la rescate?

Es la exposición de lo que era la mujer en aquella época. Pero la segunda parte del cuento nos la cortaron. Después del beso descubrió una suegra infame, un príncipe no tan azul y unos niños no tan indefensos. O sea, la vida.

Hay que ver lo que ha cambiado el cuento, como dice el chiste...

Es que lo políticamente correcto, con perdón, lo ha jodido todo. Cuando yo era niña, los cuentos ya estaban mutilados, pero un libro de mi abuela de tapas rojas me hizo conocerlos tal como eran: feroces, como la vida.

¿Hay algún cuento especialmente pernicioso?

Ninguno, todos son aleccionadores. Los cuentos no se hicieron para los niños, eran historias que se contaban de padres a hijos para explicarles su propia vida. Genios como Andersen, Perrault, los Grimm... los recogieron del pueblo para que no se perdieran.

¿Cómo se explica que los españoles seamos tan poco fantásticos?

Teníamos un acervo de cuentos populares, un patrimonio cultural inmenso que se perdió por eso tan español de "ibah, cuentos de viejas!".

Su próxima novela, Aranmanoth, vuelve al escenario de la Edad Media. ¿Por qué se siente tan atrapada por una época tan oscura?

Es la etapa en que de nuevo el ser humano se pone de pie. La Edad Media es contradictoria, eso me apasiona, la brutalidad y al mismo tiempo la espiritualidad que la caracteriza.

Presume de ancianidad, pero ¿es usted una persona mayor?

Eso no. Las personas mayores que hoy conozco, algunas de poca edad, son las mismas que eran mayores cuando yo era niña. Son las intolerantes, las que no comprenden, las autoritarias. Empecé a escribir para vengarme de ellas. Y me sigo vengando.


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