Amaya Arzuaga por Julia Otero

Encaramada con naturalidad a unos impresionantes tacones de aguja -"estoy tan acostumbrada que corro y salto con ellos"-, esta burgalesa que aún no tiene los 30 no se siente aludida cuando le llaman la enfant terrible de la moda española. Vive y triunfa en Londres, le gustan los toros, el vino, el rubio americano y viste casi siempre de negro. Amaya Arzuaga creció entre las telas de su madre, diseñadora, y el tinto Arzuaga de la Ribera del Duero de don Florencio, su padre. De ese cruce genético podía esperarse una revolución: 700 puntos de venta en el mundo dan fe. Pronto habrá un perfume con su nombre.

Se ha criado entre telas y cubas de vino. ¿Aparece esa mezcla imposible en sus creaciones?

El vino me gusta casi tanto como la ropa. He hecho series de prendas referidas al vino. Es una buena combinación.

¿De qué se hablaba en su casa a la hora de la comida?

De gastronomía. Mi padre nos regañaba a mi hermano y a mí cuando intentábamos tomar una coca-cola. Tras años de educación logró que me gustase el vino.

Su madre la llevaba de niña a las ferias de París. ¿Volvía a Lerma con mariposas en el estómago?

Volvía con ropa rara, así que en el colegio esperaban siempre a ver qué traía. De pequeña ya me gustaba ser diferente y provocar a la gente. Era mi reacción al uniforme.

¿Qué es el glamour?

Saber llevar las cosas sin estar pendiente de ellas.

¿De qué sirve el sentido común sin audacia?

En mi profesión, de nada. Ser un clásico, en moda, puede llevarte 30 años. Mientras tanto, hay que arriesgar cada temporada.

Antonio Miró me dijo que los hombres hacen grandes esfuerzos en aparentar que no les interesa la moda.

Y, en cambio, van hechos unos pincelitos, sobre todo en verano. Es terrorífico ver la combinación de materiales, de colores, camisas de manga corta con chaqueta encima, auténticas aberraciones. La verdad es que ser hombre es un coñazo.

¿Confundimos modernidad con extravagancia?

Sin duda. Aquí, cuando se quiere insultar a alguien que va muy raro se le llama moderno. Es ignorancia.

A propósito, ¿qué le parecen esas primeras comuniones de Sissi emperatriz o de almirante?

A mí eso se me escapa. (Risas). Soy partidaria de las tradiciones, pero hacer el ridículo desde tan pequeños, disfrazados así, no lo entiendo.

La etiqueta de made in Spain ¿se lee ya en el mundo sin sobresalto?

Incluso, ya, con cierto respeto. Hemos mejorado mucho la calidad.

¿Un diseñador es un artista?

Balenciaga era un artista, y algún otro... Los demás hacemos ropa. Puedes hacer algún vestido en cierto modo artístico, pero nada más.

El estilo Blair y su tercera vía, ¿tiene algo que ver con el empuje cultural y creativo de Londres?

No, porque la cosa ya empezó con Major, aunque es verdad que Blair se preocupa de la moda. Cuando llegan los desfiles nos invita a un cóctel en Downing Street, al que yo nunca voy, por cierto.

¿Quien sobrevive en Londres puede aspirar a Paris?

En Londres está la vanguardia, se apuesta por la gente joven, se le da espacio y se la trata bien. En mi caso, París sí es el objetivo final, pero no me pongo plazos.

Acláreme qué es un tejido inteligente.

A mí me gustan los tecnológicamente muy avanzados, hechos de papel, poliuretano, plástico... Hay una auténtica revolución en los tejidos y nuevos materiales, cosas impensables hace sólo dos años.

¿Nos vestiremos con los mismos materiales con que están hechos los envoltorios del súper?

Ya ocurre, lo que pasa es que no lo sabemos. Están consiguiendo que algo de composición muy dispar parezca, por ejemplo, una lana. Es increíble, en la feria de tejidos me vuelvo loca.

Propuso zapato de tacón con calcetines hasta la rodilla. ¡Ya me contará!

Yo lo llevaba cuando lo hice. Es algo que las japonesas se ponen continuamente. Depende de quién lo lleve: puede ser una hortera o salvarlo.

¿Qué diseñadores son más misóginos, los que nos visten de monjas o los que nos disfrazan de putones?

Se dice que los diseñadores hombres odian a las mujeres, pero yo creo que hay de todo. ¿Quién hace, por ejemplo, la colección de Versace? Igual la hace una mujer, no lo sabemos. Sí es verdad que cuando una mujer diseña para otra sabe cómo es el cuerpo femenino y lo que le gusta.

¿Por qué los modelos parecen descargadores de muelle, y las modelos, huidas de un campo de concentración?

Es verdad lo de los hombres. En Londres, cuando hacemos el casting, nunca sabemos si quien llega es un mensajero o un modelo, van igual de guarros. En cuanto a las chicas, no me gustan bellezones ni muy muy delgadas, sino que tengan un toquecito personal.

¿Cuáles son los efectos de la globalización sobre la moda?

Terroríficos, lo uniforman todo. El paisaje urbano será pronto el mismo en todas partes: las mismas tiendas, idénticas marcas. París, Londres, Nueva York o Madrid serán lo mismo. Ciudades y países perderán su identidad.


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